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Crítica teatral.-La venganza de don Mendo

Crítica teatral.-La venganza de don Mendo

Tras estrenarse en el teatro del Canal y realizar allí una breve temporada, ha pasado al teatro Alcázar La venganza de don Mendo, vista por Tricicle. El éxito de público, como siempre, está garantizado hasta el 11 de julio.
La venganza de Don Mendo ha sido una obra recurrente del Alcázar en toda su historia. Valeriano León y Aurora Redondo la pusieron en escena ya en 1943. Esta pareja, al frente de su compañía, aterrizaba en Alcalá 20 poco antes del verano y permanecía unos meses con el repertorio cómico más popular. Don Mendo no faltaba casi ningún año así que esta reposición aquí, noventa y dos años después de que la farsa se estrenara en la Comedia (20-12-1918) tiene carácter de tradición.

Gags made by Tricicle
Al texto de don Pedro Muñoz Seca (autor prohibido por las autoridades republicanas durante la Guerra Civil) no se le debe tocar ni una coma. Se estropearía la maquinaria dramática, infaliblemente cómica. Por eso Tricicle opta por incluir en la acción un buen puñado de gags mudos que subrayan los diálogos. Gestos, pequeños objetos de atrezzo, acciones en segundo plano… todo un catálogo humorístico que añade comicidad al texto y que el público capta desde el primer al último efecto. No en vano los catalanes son maestros en este género. Nada que objetar a su versión, y menos, tras ver la reacción del respetable.

La interpretación
Esta comedia es una astracanada para burlarse de los grandes dramones decimonónicos. Pero es, a la vez, un texto endiabladamente inteligente y de un ingenio no superado. Hay que hacerlo como un dramón, pero muy en serio. Entre los intérpretes de esta versión hay diferencias. Unos entienden muy bien la métrica de don Pedro (Fermí Herrero, Maribel Lara, Carlos Heredia) y otros tienden a un naturalismo que perjudica al texto. Cada verso, cada ripio, debe masticarse para que produzca el efecto y la carcajada. Y algunos de los actores, con esa naturalidad tan habitual en televisión, hacen que pasen sin pena ni gloria algunos de los pasajes más rocambolescos. Aciertan, eso sí, a jugar con el público en algunos momentos cuando suponen, con acierto, que algún espectador terminará las frases antes que el actor. Y es que La venganza tiene decenas de adeptos que se saben de memoria páginas enteras.

La función se hace aquí sin intermedio y acaba por cansar un poco. El decorado es tremendamente feo y el vestuario no logré averiguar si responde a alguna idea concreta. Cada traje es, como se dice popularmente, de su padre y de su madre. Pero la risa está garantizada.
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