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Crítica de teatro. Tórtolas, crepúsculo y telón: ovación a Nieva

Crítica de teatro. Tórtolas, crepúsculo y telón: ovación a Nieva

Por MDO
viernes 07 de mayo de 2010, 00:00h
Francisco Nieva vuelve al Centro Dramático Nacional (Teatro Valle Inclán) con una obra escrita hace medio siglo: Tórtolas, crepúsculo y telón. La noche de estreno el público, puesto en pie, aclamó al dramaturgo. Creo que se ovacionaba, sobre todo, su impresionante carrera, su rebeldía, su pasión por el teatro.

En un ruinoso teatro, una compañía de la legua permanece encerrada en cuarentena. Esperan a un público que se convertirá en protagonista. Pero se encuentra con unos singulares espectadores que habitan en los palcos del teatro. Nieva escribe un brillante análisis sobre la decadencia del teatro, sobre las corrientes estéticas y dramáticas que se oponen a los caminos trillados. La rivalidad entre las dos formas de entender la escena está encarnada en las dos divas: Trapezzia (tradicional) y Zemira (vanguardista). Un duelo de actrices en el que brillan Esperanza Roy y Jeannine Mestre. La primera vuelve a la escena con un papel grande, como aquella Coronada de Nieva que le abrió nuevas puertas profesionales hace ya veintiocho años. Jeannine es arrolladora, imponente y se llevó, merecidamente, el único aplauso a un mutis.

La belleza de la ruina
Todo en esta propuesta, que dirige el propio Nieva, respira decadencia, ruina. Es el crespúsculo de un arte que siempre renace de sus cenizas. Y la escena es una ruina bellísima gracias a la escenografía de José Hernández y al vestuario de García Andújar. Los actores son fantasmas encerrados para siempre en un teatro y no lo saben. Sólo el público percibe su hermoso fracaso. Hay dos ejemplos de esta decadencia: el viejo galán, amanerado, gomoso, fatuo y el conserje, una especie de trasgo barroco y desmesurado, que acabará por hacerse con las riendas del teatro ante la incapacidad de avanzar del resto. Lo que hace tras un final innecesariamente largo, que resta pulso dramático al espectáculo. Hay, además, algunas bajadas de ritmo que pueden pesar en el espectador. Una historia tan vibrante necesitaba de una tensión y un ritmo que dejara sin aliento al público. Lo que no ocurre.

Los actores
Hay un buen tono en la interpretación. Destacan Jeannine y Roy. La veterana ex vedette domina la escena como nadie y coloca con precisión las frases graciosas. Tiene una gran presencia escénica y esos gramos de locura necesarios para sumergirse en el mundo de Nieva. Manuel de Blas (Recordado como “Señora tártara”) tiene una peculiar manera de actuar: gusta o no, pero no pasa inadvertido. Los jóvenes del reparto están en otra onda, más vital, más espontánea. Tengo la impresión de que el montaje hubiera necesitado más ensayo y que mejorará con más funciones.
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