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Mudanza en el albergue de San Isidro

Mudanza en el albergue de San Isidro

Por Lucía de la Fuente
martes 25 de mayo de 2010, 00:00h
El albergue de indigentes de San Isidro cierra por obras de remodelación a finales de junio. El posible desprendimiento de partículas de amianto hará que 165 de sus inquilinos, junto a unos 85 empleados, se trasladen al albergue Juan Luis Vives, en el distrito de Vicálvaro, mientras duren los trabajos. Madridiario ha asistido a una reunión entre Izquierda Unida y los responsables del centro para conocer más a fondo como se desarrollará este proceso.
El pasado 3 de mayo, el Grupo Municipal Izquierda Unida de Madrid denunció que el Centro de Acogida de San Isidro podría tener polvo de amianto, un mineral tóxico integrado en las placas de Uralita que puede causar graves enfermedades como el cáncer de pulmón o asbestosis –enfermedad pulmonar crónica-. Su utilización fue prohibida en España en 2002. A pesar de que la directora de Servicios Sociales del Ayuntamiento, Esperanza García, afirmó que no se había confirmado la existencia de polvo de este mineral, va a aprovecharse la reforma del centro para retirar las placas del tejado.

Desde que comenzaron las obras, hace un mes, 110 usuarios ya han salido del centro. 80 de ellos han sido derivados a diferentes pensiones y hostales de la capital. Una de las usuarias que ahora vive en una pensión cercana a Ferraz, Ángela Fraguas, afirma estar “encantada de la vida” con el cambio, aunque reconoce que esa opción “no era posible” para las personas que son “muy dependientes y tienen problemas mentales”. Otros 30 usuarios han pasado al albergue de apoyo de Vicálvaro, donde Servicios Sociales prevé instalar barracones provisionales.

El resto de inquilinos que siguen allí -165-, junto a unos 85 empleados, se trasladarán al centro Juan Luis Vives a finales de junio. Para Milagros Hernández, concejala de Servicios Sociales de Izquierda Unida, esta solución es “un parche que no tiene en cuenta una solución integral para el colectivo”. "Existe el riesgo de que se pierda gente, sobre todo aquéllos que tienen enfermedades crónicas. Puede que muchos prefieran estar durante el verano ‘tirados’ en un parque que ir a Vicálvaro”, puntualizó. A su juicio, serían necesarios “más recursos y más trabajadores sociales” para que este traslado tuviera un menor impacto negativo en los ‘sin techo’.

El jefe del departamento del Samur Social del Ayuntamiento, Darío Pérez, asumió que “es cierto que ese riesgo existe”. Sin embargo, asegura que tras analizar las alternativas existentes –instalación de un ‘sanqui’ en La Rosaleda o utilizar el pabellón de la Casa de Campo-, “el traslado a Vicálvaro era la mejor opción”. La subdirectora del albergue por su parte, María Isabel Cebrecos, coincidió con esta opinión y añadió que “los usuarios han sido informados en todo momento a través de varias reuniones. Ellos están siendo partícipes en todo momento y, por el momento, están encantados y no se han perdido”.

Por otro lado, uno de los problemas más preocupan a los trabajadores es la cuestión del transporte. “el centro donde nos quieren llevar está a tomar por saco”, se quejaba una empleada del albergue. “Si pones en Google la dirección, lo primero que te aparece es un mensaje que te alerta de que en esa zona hay falta de aceras, es que es un polígono y hay gente que está ‘acojonada’”, corroboraba José Luis López, un representante de CCOO.

Y es que a día de hoy al Juan Luis Vives sólo puede llegarse con una línea de autobús –la T-23- que circula de lunes a viernes de 6 de la mañana a 9 de la noche. A este respecto Darío Pérez aseguró que “se ha hecho una petición, que ya ha sido analizada y aprobada por los técnicos de la EMT, para que se amplíe el horario del autobús hasta las 23.30 y que circule de lunes a domingo”.

Para Milagros Hernández, todo este proceso en definitiva está generando “un gran desorden que es justificado por las obras, pero el desorden en la atención a las personas no tiene justificación”.

Entre los inquilinos, que son quienes al fin y al cabo vivirán de primera mano el traslado, hay diferentes opiniones. Algunos están “muy nerviosos y tienen muchas dudas”. Otros, como Sheila Pizarro, una joven de 28 años que lleva dos viviendo en el San Isidro, acepta el cambio de buen grado porque cree que servirá para mejorar. “En peores plazas he ‘toreao’”, asegura mientras ríe.

El albergue de San Isidro, fundado en 1943, cuenta con 266 plazas, 177 para hombres y 89 para mujeres, atendidas por un servicio multidisciplinar de psicólogos, trabajadores sociales, médicos y auxiliares. Su función es la de atender a personas que se encuentran en un proceso de desarraigo y marginación procurándoles prestaciones básicas como manutención, alojamiento y aseo, además de facilitarles programas de rehabilitación social.
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