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Una Ventilla de novela

Una Ventilla de novela

Por Carmen M. Gutiérrez
lunes 21 de junio de 2010, 00:00h
¿Qué hace alguien a quien le han tocado 200 millones de pesetas en la Primitiva viviendo en una destartalada casa de La Ventilla de los años ochenta? La respuesta está en la novela "Los millones", editada por la recién nacida editorial Libros Mondo Brutto. Su autor, el director de cine Santiago Lorenzo, acompañó a este digital a dar un nostálgico paseo por este barrio que, aunque cambiado, conserva algunos de los lugares que frecuentaba el protagonista, Francisco García.
La Ventilla ya no es lo que era. En los ochenta aún no había comenzado la remodelación que ahora está prácticamente acabada. "Había bares podridos, algunos sin pavimentar, la iluminación era deficiente, estaban asfaltadas las calles que estaban asfaltadas...Yo creo que daba tan mal rollo que no venían ni los 'manguis' (ladrones)", afirma Lorenzo.

En este escenario se desarrollan las peripecias de Francisco García, un joven que se une al Grapo para dejar atrás la soledad, pero acaba dándole más miedo que las propias fuerzas de seguridad. El premiado cineasta asegura que recurrió a esta banda armada por su "pintoresquismo evidente y su residualidad tan sugestiva".

Ser miembro del Grapo implicaba, al menos en el caso del personaje Francisco García, vivir con lo puesto en una casa de La Ventilla y recurrir a unas economías domésticas que, pese a ser apañadas, no impedían que pasara hambre. Ahora la fachada del inmueble de dos pisos en el que se inspiró el autor ha sido remozada. Pero la calle de Santa Valentina sigue manteniendo en gran parte el aspecto que tenía todo el barrio en un pasado no muy lejano, con sus pequeñas casas de estilo rural construidas sobre un terreno irregular.

Junto a las torres

La Ventilla se ha adaptado a los nuevos tiempos con una profunda remodelación urbanística, que no ha conseguido llegar a todos rincones. Tras el nuevo barrio se alzan las gigantescas cuatro torres de la Castellana, que contrastan con este esquinazo de Madrid donde se asentaron muchos de los inmigrantes de provincias que vinieron a la capital a partir de finales del XIX. "El desarrollismo ha durado cincuenta años y ahora se está tirando todo lo que se hizo", explica el creador de películas como 'Mamá es boba'.

"La Ventilla es un barrio de una tristeza horrorosa, por lo que era perfecto para que viviera Francisco García", apunta el escritor. Venido de Valladolid, aunque natural de Portugalete, Lorenzo tenía que adentrarse en el barrio en los ochenta porque estudiaba Imagen en una escuela del lugar.

Para 'flanear' por el barrio buscó como excusa dar con un bar en el que sirvieran chatos de vino a 15 'pelas', "como en Vallulis (término con el que se conoce popularmente Valladolid)". Finalmente encontró uno con el suelo de tierra. "Cuanto más te acercabas al barrio del Pilar más miedo daba La Ventilla y mejor era", recuerda.

Patatas fritas Leandro
Tras la plaza de Castilla, en la calle de la Veza, se encuentra todavía la tienda en la que en la novela Francisco García compraba los domingos patatas fritas Leandro y Blizz Cola. Está cerrada, pero aún conserva la palabra "panadería" grabada en piedra sobre la puerta. El bar CoyFer (Concha y Fermín), en la realidad llamado La Catedral, ha cerrado sus puertas no hace mucho y ahora se alquila. En él, el literario miembro del Grapo esperó durante meses y sin mucho sobresalto alguna señal de la banda en forma de chicles pegados baja la barra. La papelera que había junto a la entrada del local, otro elemento clave de la novela, ha dado paso a una rampa para salvar el desnivel de la acera.

Sigue abierto el Bar Alegrías, por donde también pasa el protagonista. Se encuentra en la calle de Müller y se mantiene prácticamente igual que en los ochenta. Bravo Murillo sigue siendo la Gran Vía del barrio, pese a que se ha construido una gran avenida al efecto, en la que el comercio local nunca ha levantado el vuelo.

A Santiago Lorenzo le provoca cierta nostalgia el cambio que ha sufrido La Ventilla, pero comprende que este sentimiento "suele chocar con los intereses de los vecinos y de todo el mundo". "No sé si ahora se vivirá mejor", añade. Lo que sí tiene claro es que "no importa donde vivas para ser feliz, eso está en la cabeza de cada uno".
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