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El paseante simbólico recorre Madrid

Un Madrid literario

Un Madrid literario

Digamos de entrada, y con destino al lector pululante, propenso a libar bitios aquí y allá en las muchas flores dispersas por la red, que la exposición fotográfica Un Madrid literario de que se va a dar cuenta aquí merece una visita detenida, que regalará momentos agradables al paseante aficionado a degustar los madriles de hoy y de ayer, y en particular al apasionado por la fotografía.
Está diseñada como un paseo zigzagueante a media luz, que se extiende por ambas bandas de la primera planta del Museo de la Ciudad. La ruta expositiva cuenta con amplios márgenes espaciales entre las obras fotográficas, lo que facilita la meditación sobre las impresiones que suscitan. A una mano se suceden casi setenta reproducciones fotográficas en delicado blanco y negro, con fechas que van desde sus primeros tiempos a mediados del siglo XIX hasta hace unas décadas, creadas algunas por autores de renombre, como Clifford, Laurent o Alfonso, y otras anónimas, pero de gran fuerza visual.

En la otra  mano, siguiendo por la pared opuesta, se cuelgan fotografías de José Manuel Navia (Madrid, 1957) en deliciosos colores saturados, que contrapuntean la gama de grises de sus vecinas, ya que aunque están realizadas en la actualidad, reflejan el intento de rastrear en el Madrid de ahora las huellas de otros tiempos. El fotógrafo, prestigioso editor gráfico y muy bien leído, selecciona textos literarios de autores sobresalientes y ofrece esas citas en la buena compañía de instantáneas de personas y rincones madrileños de hoy en día. El resultado es un Madrid de ensueño, muy personal y atractivo, en el que conviven herencias pasadas con las necesidades del día, y sobrevienen ausencias, con evocaciones de lugares que ya no existen (el Café Pombo es hoy una tienda de ropa), pero que existieron y cuyo espíritu sobrevive en la cita textual. Es en suma, un Madrid imaginado y habitable, donde conviven las referencias del pasado con las ecuaciones del presente, como en el Café Comercial.

En la zona de las fotografías históricas en blanco y negro, el descubrimiento de las citas literarias que salpican de cuando en cuando la serie mural de las imágenes invita a volver sobre ellas y a disfrutarlas con esa nueva luz. El equilibrio es exquisito: unos pocos textos iluminan series de fotografías en una animada conversación que hace ir de una a otra. Idea magnífica siempre, y aquí llevada de manera excelente, la de recoger una antología de textos de poetas, novelistas, dramaturgos y periodistas y acompañarla de antología fotográfica, que ponga delante de los ojos y en blanco y negro una serie de vistas y episodios que complementen visualmente la sustancia escueta, aunque sumamente evocadora, de los textos escritos.

El comisario de la exposición y responsable último del montaje es Publio López Mondéjar, editor ilustre, vinculado a la editorial  Lunwerg, copromotora de la muestra, y sabio madrileño que es el garante de la calidad de las reproducciones fotográficas expuestas, algunas de las cuales son copias resultado de la digitalización, tratamiento y nueva reproducción de originales museísticos frágiles. El que se presenten en formatos generosos que permiten tanto la visión de conjunto como la observación del detalle, alegra al visitante interesado.

Junto a Navia y los otros fotógrafos de tiempos pretéritos, la exposición tiene otro protagonista, o, mejor dicho, interlocutor. Es Pepe Caballero Bonald (n. 1926), escritor poeta y novelista muy reconocido, quien ha elaborado un texto -imprescindible ya y que se recoge íntegro en el catálogo impreso de la muestra-, titulado <<Biografía literaria de Madrid>>, y que funciona como complemento perfecto al diálogo de citas y fotos que el visitante contempla en la exposición del Museo de la Ciudad.

Bonald, heredero de las trayectorias de esos escritores que tomaron Madrid como materia prima literaria explora en 70 páginas las formas en que Madrid aparece vinculado a la literatura: autores nacidos aquí o de adopción, escenarios, personajes relacionados, temas afines, lenguaje y decires, géneros poéticos, narrativos, las grandes series novelísticas. En su artículo cosecha una selección comentada de los autores y obras que conforman el espinazo literario de Madrid: unos más familiares, otros menos conocidos. La relación amplísima recorre Renacimiento y Barroco, Neoclasicismo y Romanticismo (Mesonero, Larra), Revolución del 68 hasta la guerra civil (Galdós, Baroja, Ramón, la edad de plata) y termina en <<la larga y sombría posguerra>>.

La sugestiva enumeración de títulos y autores nos hace preguntarnos cuántos de ellos están disponibles al público en ediciones accesibles. Unas comprobaciones apresuradas nos confirman que hoy muchos no lo están, aunque otros sí, gracias sobre todo al esfuerzo de algunas editoriales especializadas y de las administraciones públicas al crear colecciones coeditadas, como Clásicos Madrileños o Letras Madrileñas Contemporáneas.  Es más, dado su interés permanente, sería conveniente que estos miliarios literarios estuvieran disponibles en ediciones digitales de las obras, muchas ya en el dominio público, no sometidas por tanto a los derechos originales de autor, lo que facilitaría que el corpus del Madrid literario así creado se publicara en línea en alguna biblioteca digital, donde el ciudadano encontrara fácilmente los textos y pudiera bucear en ellos a su gusto, sacando el jugo posible a las oportunidades que brinda el formato electrónico y el soporte en línea.

Sería además la forma de impulsar los estudios e investigaciones de detalle sobre el tema, y desde luego constituiría la gloria de los estudiantes y de los profesores. ¿No es sugerente el efecto que produce en el visitante el hallazgo de que la muy conocida cita de Machado sobre Madrid evoca y dialoga con un texto de Galdós, formando un buzamiento literario? Las fuerzas de convección de la mejor literatura impulsan hacia arriba y se abren camino hacia la superficie.

Oh, Madrid! ¡Oh, Corte!
¡Oh, confusión y regocijo de las Españas!

¡Madrid, Madrid! ¡Qué bien tu nombre
suena, rompeolas de todas las Españas!

Volviendo al artículo de Bonald, hay que dedicar una mención especial al último de los apartados, ya que su autor adopta un enfoque autobiográfico, complementario de los libros de memorias que ha publicado, que le permite retratar el Madrid al que él arriba en 1951. Encuentra una ciudad caracterizada por una <<hostilidad cultural>> que contrasta poderosamente con la imagen del Madrid de los años 30, el Madrid republicano -contraste que el visitante de la exposición comprueba fácilmente en las fotografías expuestas-, que vive la plena madurez de los creadores de la edad de plata y el proceso de gestación de las siguientes generaciones literarias, científicas y artísticas; creadores, espectadores y oyentes cuya maduración quedaría hecha añicos por la guerra y el perverso y obligado exilio. Pero desde muchos puntos de vista, sus creaciones permanecieron aquí, con nosotros, aunque haya que redescubrirlos una y otra vez, exorcizando el olvido. <<En los años cincuenta conviven en Madrid cuatro generaciones literarias>>, las de los 98, 27, 36 y 50, en la que se integra el propio Bonald, y cuyo ambiente describe con maestría, y que, por ejemplo, queda recogido en la imagen de la tertulia en Bocaccio.

Aunque no el texto completo, la exposición recoge extractos textuales de la biografía literaria que propone Bonald y la viste de fotografías, como ya hemos adelantado. Ante todo impacta la soberbia galería de retratos de autores literarios, rostros insuficientemente conocidos por el público actual. Mejor todavía, algunos aparecen en su salsa, en ambiente tertuliano o del café, un buen símbolo para la cultura entendida como algo para compartir. Esa tradición no se rompe nunca: Navia la documenta a día de hoy para el café Gijón, Bonald la evoca en su texto y otras imágenes nos muestran a Machado, Valle, Benavente, Ramón, apretujados delante de mesas con tazas de café y vasos de agua, hablando, escuchando, riendo también. El gran Galdós aparece leyendo su obra en un salón, con féminas atentas entre los que escuchan. Azaña comparte tertulia con Valle en la Cachacherría del Ateneo.

La reflexión principal que la exposición sugiere al visitante es la de que produce en él una transformación muy agradable: se convierte en paseante simbólico, alguien que recorre Madrid descubriendo estratos de historias literarias donde sólo había edificios y calles mudos. La metáfora geológica viene al caso: algunos lugares tienen espesores invisibles a primera vista, y como sabemos, la tarea del arte es hacerlos visibles. . El paseante simbólico reconoce, cuando entra en el Parque del Retiro desde la Cuesta de Moyano, la escultura de Baroja recientemente trasladada a esa ubicación como una señal de llamada: la fotografía de Muller -recogida en la exposición- que lo muestra, ya anciano, divagando en hora temprana por la arboleda más cercana a su casa de posguerra, cercana también a la Cuesta que frecuentaba para estar al día en las lecturas y comprar libros de ocasión, y cercana también al cerrillo de San Blas y al Observatorio, lugar que reunía para él dos pasiones, la de la ciencia y la literaria, pues en su pórtico localizó el bellísimo episodio de los golfillos que allí dormían al raso por no tener otro lugar, y donde Baroja describe, con un lirismo desacostumbrado en él, cómo Madrid amanece.

Dice Bonald que <<Madrid ha sido en todo momento una ciudad espléndidamente agasajada por la literatura>> y qué duda cabe de que el Madrid de Galdós no desmerece del París de Balzac o del Londres de Dickens, pero no es igual de conocido, ni de reconocido por los paseantes. Y si eso se cumple para el gran novelista, ¿qué no ocurrirá con Baroja, Ramón, Valle, Larra, Mesonero, Lope...? ¿Alguien sabe dónde está recogido cómo es el Madrid de la generación del 27, el de Lorca, y como podemos pasear por él, leyendo los textos poéticos –ahora mensajes invisibles- que se crearon en esos lugares o que se refieren a ellos?

La Comunidad de Madrid ha editado varias guías culturales dentro de la colección Biblioteca Madrileña de Bolsillo que van en esa dirección y que complementan de maravilla la línea de exposiciones y libros en la que se inserta la que estamos comentando promovida por el Ayuntamiento de Madrid. Miguel García-Posada es el autor de la Guía del Madrid galdosiano, que va por la segunda edición, de la Guía del Madrid barojiano y de una Guía del Madrid romántico, que está en publicación. Hay también publicada una Guía del Madrid de Juan Ramón Jiménez, que, ¡oh, sorpresa!, muestra los lugares vitales y preferencias terrenales madrileños del poeta sublime. Con estos libritos en la mano, guiados por las ilustraciones y cartografía de la época y actuales que contienen, con una antología de textos referida a los lugares dignos de visita, se pueden recorrer simbólicamente la ciudad y la región, y penetrar los estratos literarios que se superponen en los sitios, replegados en ellos, de forma oculta a los ojos, ya que sólo en contadas ocasiones algo indica lo que allí existe. Así pues, topografías e itinerarios recorridos con los textos originales en la mano y con los pies puestos sucesivamente en los lugares referidos, para respirar su alma.

El Madrid científico merece también iniciativas editoriales que inviten al paseo, como la acertada guía de museos y colecciones histórico-científicas de las universidades madrileñas denominada El patrimonio de Minerva, también promovida por la Comunidad de Madrid, dentro del programa Ciencia y Sociedad. En este sentido, la exposición que comentamos documenta con fotografías emocionantes la historia educativa de nuestra región, representada por los Institutos históricos de Bachillerato, y el Gabinete de Historia Natural del San Isidro, por ejemplo.

Es cierto que hoy por hoy se pueden encontrar aquí y allá monumentos conmemorativos, tales como bustos, estatuas, fuentes, grupos escultóricos, monolitos, lápidas y placas, y hasta arcos de triunfo. Esa ciudad monumental es el esqueleto material de la imagen de la ciudad que percibimos sus habitantes, en la que los ciudadanos nos reconocemos a nosotros mismos y también la reconocemos a ella. El aspecto conmemorativo sirve, de forma añadida, para evocar el pasado y hacerlo presente, aportando el núcleo principal de la personalidad de una urbe. Y Madrid desde luego la tiene, y muy acusada, además; pero todavía hay mucho por hacer, para facilitar los trabajos del paseante, sacando a la luz el esplendor del Madrid del Siglo de Oro, la universalidad del Madrid de Galdós, la cuestión social en el Madrid de Baroja, la capitalidad mundial poética del Madrid del 27, por citar algunos estratos sedimentarios literarios que nos rodean en el espacio que frecuentamos, sin que seamos muy conscientes de ello. Ni podamos serlo, ya que son necesarias las herramientas adecuadas, como exposiciones, museos (¿Y el Museo Romántico? ¿Y un hogar museístico a la altura de la gran creación literaria del Madrid galdosiano?), monumentos conmemorativos, especialmente placas murales, incluso -¿por qué no a iniciativa de alguna institución?- estimulando la creación de capas temáticas con rutas literarias madrileñas y reconstrucciones en 3D de lugares de interés que queden recogidos en la Red, en la comunidad virtual del Google Earth o visor espacial análogo? Para poder viajar en el tiempo, plegado en ciertos lugares singularmente densos, desde el presente.

Bienvenidas sean, sobre todo, las exposiciones y las publicaciones que nos permitan convertirnos en paseantes simbólicos. Hay que añadir, por último, que a ello contribuyen de forma señalada las guías didácticas que facilitan las visitas de nuestros estudiantes, única herramienta que se echa en falta en la hermosa muestra.

Javier Fernández Delgado
Historiador


Lugar: Museo de la Ciudad. C/ Príncipe de Vergara, 140. 28002 Madrid
Fecha: Hasta el 20 de septiembre de 2009
Horario: De martes a viernes: de 9,30 a 20 horas.
Sábados y domingos: de 10 a 14 horas.
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