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Crítica teatral.- Glengarry Glen Ross: depredadores

Crítica teatral.- Glengarry Glen Ross: depredadores

viernes 04 de diciembre de 2009, 00:00h
David Mamet es un dramaturgo representado con regularidad en España. “El matrimonio de Boston”, “Oleanna” y “El búfalo americano” han sido, de sus obras, las mejor acogidas. Y no olvidemos “Noviembre”, que triunfó la pasada temporada. Ahora el Teatro Español estrena, hasta el 17 de enero, “Glengarry Glen Ross”.
Este drama tiene ya un cuarto de siglo. Le valió a su autor el Premio Pulitzer de 1984 y fue llevado al cine ocho años más tarde. Mamet nos presenta a un grupo de agentes inmobiliarios sin escrúpulos, devorándose entre sí para lograr las ventas más sustanciosas. Una crítica acerada a un sistema capitalista en el que priman el dinero y el éxito sobre el ser humano. La versión que vemos en Madrid quizá ha aligerado demasiado la acción y la importancia de algunos personajes. Se queda corta en algunos momentos si bien llega directamente al público, que observa a los personajes como quien mira un acuario lleno de pirañas.

Reparto de lujo
hipolito¡Qué grande es Carlos Hipólito! Abre la función con un patético monólogo que deja al espectador sin respiración. La cierra con una escena de derrumbamiento físico y moral escalofriante. Su personaje es un Willy Loman del fin de siglo. Ha perdido su posición como vendedor, tiene problemas económicos y en su empresa han dejado de confiar en él. Si la interpretación de Hipólito es extraordinaria, no debemos olvidarnos de sus compañeros. Es un reparto de lujo en el que todos y cada uno de los siete actores están perfectos. Pocas veces podemos contemplar un trabajo interpretativo tan compacto, de tan alto nivel.

Grandilocuencia
Daniel Veronese, el director, mueve sus peones en un gran espacio. La oficina inmobiliaria es diáfana y espaciosa. Resulta grandilocuente para un drama que requiere más contacto físico entre los personajes, más sensación de asfixia en el ámbito laboral. Pero, en cambio, el trabajo con los actores es impecable.

Hay dos momentos magistrales: la conversión entre los posibles ladrones de datos y el descubrimiento del auténtico ladrón. Ahí vemos la maestría de Mamet para el diálogo y la excelente traducción al castellano.
Seguramente los avatares de estos tiburones inmobiliarios –más besugos que escualos- no interesen demasiado. Su metáfora, en esta etapa de derrumbe del ladrillo en España, no debe pasarnos inadvertida. Pero, por encima de cualquier otra consideración, está el trabajo de los actores. Y en ese terreno caben pocas discrepancias.
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