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Los caminos de la reinserción

Los caminos de la reinserción

Por Celia G. Naranjo
miércoles 30 de enero de 2008, 00:00h
Cuando un menor infractor empieza a cumplir una medida judicial, emprende un largo camino que culminará, en un 83 por ciento de los casos, con una nueva vida al margen de la delincuencia. Así se construye el futuro de estos menores.
De la inseguridad a la autoconfianza no hay un paso, sino un abismo, y más cuando se trata de menores que han sido sujetos a alguna medida judicial. Desarrollar sus capacidades, fomentar el sentido de la responsabilidad y darles las herramientas necesarias para labrarse un futuro mejor es el trabajo de los profesionales que trabajan en el ámbito de la ejecución de medidas judiciales.

Taller de diseño gráfico del centro de menores Teresa de CalcutaPor eso, cuando un joven llega a un centro de menores, o a un dispositivo concebido para el cumplimiento de medidas en régimen abierto —como la libertad vigilada o las prestaciones en beneficio de la comunidad—, no basta con encargarse de que permanezca allí el tiempo que haya dictado el juez: hay que trabajar para que, cuando salga, el menor sepa desenvolverse en la vida, teniendo en cuenta que parte con mucha desventaja respecto a la mayoría de los chavales de su edad. "El 99 por ciento de los jóvenes que ingresan en Los Almendros no tienen un proyecto personal de futuro, ni habilidades para crear uno realista", explica Juan Nebreda, director del centro, de régimen semiabierto y gestionado por Respuesta Social Siglo XXI. Por eso, cuando un menor llega a un centro, ya sea de régimen cerrado, semiabierto o abierto, se hace un estudio de todas las facetas de su vida para diseñarle después un proyecto individualizado de reeducación.

Entrada al recinto donde se encuentran varios centros de menores, en Carabanchel "Se trata de conocer al chaval a todos los niveles: médico, educativo, familiar, psicológico, formativo, social...", enumera Magdalena Mayorga, coordinadora de Tratamiento del centro Teresa de Calcuta, gestionado por Ginso. Aquí, un menor permanece en la fase de observación alrededor de veinte días, aunque el período puede variar de un centro a otro.

En ese tiempo, se establecen claramente los objetivos que deberá alcanzar el menor a lo largo del cumplimiento de su medida, que varían según el caso. "Lo único que tienen en común los chicos de El Pinar II es que han cometido un delito siendo menores de edad; por lo demás son absolutamente heterogéneos", comenta Pablo Justo, director de este centro, gestionado por Grupo Norte.

Así, un menor podrá, a lo largo del cumplimiento de su medida judicial, recibir enseñanza reglada, o bien Garantía Social, o formación profesional; asistir a talleres ocupacionales, desde cerámica hasta teatro; participar en excursiones programadas, como ir al cine o pasar un día en el campo... La variedad de la oferta es tal que permite que cada menor diga su propio itinerario hacia la reinserción, en función de sus propias carencias, habilidades y expectativas.

Inauguración del centro de inserción laboral Madrid Joven Integra, gestionado por Fundación Diagrama De esta forma, el menor irá atravesando las fases de su proceso de reeducación: la de observación, la ordinaria o de desarrollo y la finalista. Su número y nombre varían también en función del centro, aunque la ley establece que sean tres como mínimo, y con características comunes. A medida que el menor va cumpliendo objetivos y demostrando buen comportamiento, irá 'escalando' fases y obteniendo los 'privilegios' o incentivos ligados a ellas, y disfrutando de mayor autonomía según va interiorizando el sentido de la responsabilidad.

Así, al principio los menores no disfrutan de ningún privilegio, pero poco a poco su evolución va siendo recompensada con la posibilidad de tener televisión en su habitación, eso sí, pagada por ellos con la beca del taller prelaboral; o llevar más adornos personales, como pendientes o reloj, siempre que sean compatibles con las medidas de seguridad; o tener su propio MP3; o disfrutar de permisos de fin de semana; o acostarse más tarde que los que permanecen en fases anteriores; o llamar con más frecuencia por teléfono... Las opciones también varían según el centro de menores.

Valla de un centro de menores madrileño "Queremos potenciar todo lo bueno que tienen, propiciando que descubran sus capacidades y desarrollen su autoestima. Para ello deben percibir que creemos en ellos; aunque en su vida anterior solo crean que sirven para lo malo, deben ver que hay quien cree en sus capacidades y les apoya", dice Gorka Vázquez, director de Los Robles, gestionado por Fundación Diagrama. "Está comprobado que el sistema de refuerzos es más efectivo que el mero castigo", añade Manuel Córdoba, director de El Laurel, gestionado por Grupo Norte. "Si no, los chicos se comportarían mejor solo por miedo, no por sentido de la responsabilidad", añade.

 Eso sí, el proceso también es regresivo: si un menor quebranta las normas de convivencia del centro o comete alguna falta, dependiendo de su gravedad, puede regresar a fases anteriores. Por ejemplo, en el centro Los Rosales, gestionado por Respuesta Social Siglo XXI, si la falta es grave, el menor puede ser separado de su grupo de convivencia desde dos horas hasta varios días. "También puede ser privado de las actividades recreativas y de ocio, en cuyo caso se le envía a su habitación, donde se le encomendará alguna tarea bajo la supervisión de un educador", explica Alejandro Reina, subdirector del centro.

Espectáculo de hip hop en la función de Navidad de los menores infractores de los centros madrileños Por su parte, Nuria Manzano, del Programa de Apoyo y Seguimiento Socioeducativo a Adolescentes en su Medio de Convivencia, del Área de Servicios Sociales del Ayuntamiento de Madrid, gestionado por Asociación Centro Trama, apunta que resulta fundamental trabajar con la familia del menor, ir al parque donde se reúne con los amigos o a su centro educativo, para llevar a cabo un apoyo efectivo. Aunque solo un 2 por ciento de los participantes en este programa son menores infractores que han terminado alguna medida judicial —el resto pertenecen a otros perfiles alejados de la delincuencia—, destaca que con estos, al igual que con todos, hay que incidir en sus mayores carencias. "En muchos casos, se trata de ser su adulto de referencia, ya sea porque la familia ha hecho dejación de esa función o porque, simplemente, carece de ella", explica. "Además, lo primero que hay que intentar siempre es que sea la propia familia la que asuma este rol", añade.

 Una tarea integral en la que se implican numerosos profesionales para, juntos, conseguir que los menores sean capaces de gestionar su propia vida. "Hace un año, entró un chico que no sabía leer ni escribir y hoy va a su primera entrevista de trabajo, que se ha buscado él mismo", explica Nebreda, director de Los Almendros, y concluye: "Esos logros hacen que se den cuenta de que, aunque lo tengan más difícil que los demás, ellos pueden construir su futuro".
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