En el poblado chabolista de Santa Catalina los niños pasan su verano soñando con ser galguero, profesora y médico de bebés.
El verano estancado de los niños de Santa Catalina


Niños pasean entre la chatarra de Santa Catalina/ Foto: Javier Prieto HerreroMadrid. 07/08/2005. Davide Mattei
El poblado chabolista de Santa Catalina (Entrevías) es conocido entre los gitanos con el nombre más sarcástico de 'El mirador del Ave' porque, enfrente de el, pasan los trenes de alta velocidad cuando los llevan a lavar. En el 'pueblo' viven unas 140 familias y unas 450 personas. Entre ellos hay unos 250 niños que no superan los 16 años, que allí pasan el verano entre juegos, aburrimiento y gana de regresar a la escuela.

Enrique con las fotos de las vacaciones/ Foto: Javier Prieto HerreroUno se entera que ha llegado a Santa Catalina porque en lo alto de una pequeña colina se ven montones de chatarra y chabolas sin solución de continuidad. Cualquier tipo de coche baja por la pequeña altura, Land Rovers nuevos y furgonetas llenas de cacharros, coches recién limpiados y turismos destartalados desde los que se asoman niños sonrientes. Cuando se entra en el 'pueblo' con los operadores del Iris, el clima colorido y heterogéneo se te echa encima y se traspasa a las relaciones personales. Todo tipo de persona se dirige a Héctor y a María José, que nos acompañan, para saludarles, preguntarles informaciones y pedirles favores; muchos simulan atropellar a Héctor con el coche a manera de saludo. Los niños que caminan entre las chabolas -de ladrillo muchas- parecen ser los más entusiastas del encuentro con los trabajadores sociales.

Sandra/ Foto: Javier Prieto HerreroEs que hace unas semanas la mayoría de ellos se fue de vacaciones cuatro días con el Iris, como premio por haber ido a la escuela durante todo el año. Rubén y Enrique -de cuatro y seis años- lo que más recuerdan de aquellos días son los animales: las vacas, los gallos, los conejos y, por supuesto, los ponis a los que subieron. Se lo pasaron genial aunque, como apunta Almendra, de cinco años, "olía todo a servicio". Ahora no huele nada, pero, para Israel, de ocho años, es difícil imaginar las montañas rusas a las que se subió de donde "se veía todo el parque de atracciones", o los 'coches chocones' o la piscina donde se bañaron todos.

El verano de Santa Catalina tiene otros referentes geográficos para sus niños. La línea del Ave y la carretera por un lado, y alrededor, vertederos donde se acumula la chatarra con la que trabajan la mayoría de las familias del poblado. Muchos hombres y niños extraen minuciosamente de los "cadáveres" de lavadoras y neveras, cobre, aluminio y hierro, mientras otros acumulan cajas de plástico para fruta, que venden a los mercados.

Jorge/ Foto: Javier Prieto HerreroJorge -a quién los nueve años no impiden llevar anillo y cadena de oro- asegura que se aburre un poco. Dice que pasa parte de su tiempo delante de la consola -"sí, la invisible", añade socarrona su hermana-, juega a fútbol con los amigos, con "unas máquinas que hay en el monte" detrás del poblado y con una moto roja que lleva con sus amigos. Sin embargo Jorge, que debe su nombre a su abuelo, hombre muy respetado en el pueblo, asegura que se aburre durante el verano "porque hay muy poco que hacer aquí", y espera regresar a su colegio Núñez De Arenas. A su prima Sandra, de 6 años, con la que comparte, junto a otros 4 niños, el corral, pasa lo mismo: se aburre. Por la mañana ha ayudado su mamá a limpiar la casa, y luego jugará con sus muñecas. A pesar de esto, afirma "me gustaría más ir a la escuela", quizás por que le han dicho que es la única manera de realizar su sueño: ser médico de bebés.

Jesus y 'Negro'/ Foto: Javier Prieto HerreroEn los ojos de Jesús, de 11 años, no se reflejan la chabola de madera de sus padres, o el estado de dejadez del contorno en el que vive, porque el está completamente ocupado pensando en sus sueños: ser galguero y domador de caballos. Jesús pasa mucha parte de sus días de verano con su padre, ayudándolo con la chatarra, o, en estos días, con la preparación del "cemento para el servicio". Por la noche él trabaja en obras como guardia, Jesús lo acompaña y aprovecha para jugar a 'Counter-Strike' en el ordenador del agente de seguridad. Sin embargo, en los momentos libres, corre con 'Negro', su galgo, un viejo perro que recogió de la calle, y que asegura logrará adiestrar, "estoy esperando que me traigan una piel de liebre para enseñarle".

Las niñas de Santa Catalina parecen entretenerse más en grupos. Jenny y Nazareth -de 10 y 11 años- intentan pasar el verano jugando a la 'comba', a dibujar, al escondite por la noche, a refrescarse tirándose cubos de agua, y a veces jugando "a las profesoras con los niños más pequeños". Ahora, detalla entusiasta Jenny, "estamos preparando un baile para el cumpleaños de una amiga. Somos cuatro, Nazareth, Loli, Raque y yo, bailamos una canción de Merche". Sin embargo Nazareth asegura que a veces se aburre y echa "mucho de menos la escuela". "Durante el año -explica- hay mucho más que hacer, vamos al colegio por la mañana y a la 'escuelina' por la tarde". La 'escuelina' es un módulo prefabricado que fue instalado en Santa Catalina, en el que Caritas da clases de apoyo escolar "el lunes, el martes y el viernes", contestan a coro Jenny y Nazareth, que explican: "ahí estudiamos lengua, matemáticas, manualidad y conocimiento del medio".

Jenny y Nazareth en primer plano/ Foto: Javier Prieto HerreroHéctor explica que Jenny y Nazareth son las dos chicas que tienen más posibilidad de seguir estudiando, "son muy buenas". El abandono escolar es un problema en la comunidad gitana, y a veces los incentivos de Iris no son suficientes. Muchos chicos dejan de ir a la escuela, y el momento peor es el paso de primaria a ESO. Tere, de 13 años, susurra entre dientes que sólo va dos o tres días a la semana, porque los profesores "son bordes" y ella no va si no está su 'compi' Yolanda.

Sin embargo, la única manera que tienen estas chicas y chicos de realizar sus sueños es estudiar. Sólo así pueden escapar de las costumbres que siguen vigentes en el poblado, como las que, pronto, llevará a las chicas a ser pedidas como esposas, comenta Héctor. "Jenny y Nazareth podrían seguir sus carreras -continúa-, son las que tienen más posibilidades de salir adelante, y pueden hacerlo si la Comunidad sigue ayudándolas con becas escolares". De esta manera, en vez de ser sólo esposas, podrían hacer lo que más les gusta: ser profesoras de matemáticas o peluqueras.