Nino Olmeda
Dudas inducidas interesadamente


El pasado 16 de agosto, 17 militares españoles perdieron la vida al caer el helicóptero Cougar en el que viajaban cuando sobrevolaban casi a ras de tierra una zona situada a unos 20 kilómetros de Herat, donde está ubicada la base de las Fuerzas Armadas desplazadas en Afganistán. Los días siguientes a la tragedia -similar, salvando todas las distancias, a la que se produce en la construcción cada vez que la siniestralidad laboral se detiene en alguno de los tajos de este sector encargado de levantar viviendas a precio de oro- nos trajeron más dudas que dolor y más equívocos que rabia por la pérdida de estas personas.

Desde los distintos partidos y agrupaciones políticas llegaban muestras de pésame a los familiares y allegados de los caídos, que eran calificados por algunos interesados como la flor y nata de la sociedad española, lo mejor de lo mejor. Sin duda eran palabras forzadas que algunos responsables políticos pronunciaron para parecer más papistas que el Papa a la hora de demostrar su artificial patriotismo. ¿Qué es eso?. A continuación, después del llanto, aparecían los inductores de dudas interesadas. Había que dejar la puerta abierta a nuevas causas, para no volver a revivir la avalancha de interpretaciones sobre los atentados del 11-M, y por eso ni las fuentes oficiales del Ministerio de Defensa descartan todavía que el Cougar sufriese un ataque de los contrarios a la intervención militar extranjera en aquel país sojuzgado no hace mucho por los talibanes y amenazado ahora por los señores de la guerra y del narcotráfico.

Unos y otros, populares y socialistas, se empeñan en hacernos creer que los contrarios nos ocultan datos y que todo se produjo como a ellos les gustaría, siempre pensando en sus particulares intereses electorales. Por esas sencillas razones buscan que la duda anide en nuestras mentes. ¿Qué más da si el helicóptero cayó o fue derribado?. En ambos casos sería otro caso más de siniestralidad laboral entre los militares españoles. Pero no es así, a juicio de los inductores de dudas.

El ministro de Defensa, José Bono, ha demostrado en todo este proceso que es un profesional y que si quiere atrae más cámara de televisión que Carmen Sevilla. Sus videoconferencias con el presidente de España, José Luis Rodríguez Zapatero, son merecedoras de aparecer en el Club de la Comedia, y sus explicaciones sobre las misiones de España en Afganistán, geniales. Trata de convencernos de que los militares desplazados a aquel país reparten tiritas entre la población herida por tanto abandono y sufrimiento y de que están allí sólo para garantizar la limpieza de las próximas elecciones. Eso no es verdad, los soldados españoles están dentro de un contingente para misiones no sólo humanitarias, porque los talibanes y algunos señores de la guerra, ahora amigos del amigo americano, se mueven a sus anchas por esta tierras que hicieron famoso a Ben Laden.

Sabemos que España tomará el mando de las tropas de la OTAN en Afganistán en 2007 y que días después del accidente, con independencia de las causas, cuatro soldados de EEUU cayeron en esas mismas tierras. Es cierto que la legalidad internacional respalda la presencia de España en Afganistán y que el Parlamento español dio el visto bueno a la presencia de más tropas en ese país en el que las mujeres tienen escasos derechos y la democracia es una partida parchis entre señores de la guerra vendidos al mejor postor. ¿Y qué? Parece claro que si el Cougar fue derribado por el enemigo pondrá en peligro el mensaje misionero de Bono y Zapatero, que tratan por todos los medios de comparar su comportamiento con el que mostraron los gobernantes del PP tras el accidente del Yak-42. Lo pasado pasó y Aznar y compañía fueron desalojados democráticamente en unas elecciones por una mayoría de ciudadanos hartos de la chulería y prepotencia de unos populares que apostaron todo a la carta del terrorismo de ETA como responsable de los atentados del 11-M. Que no nos confundan más.