Prueba de lo huérfano que estamos de historias fascinantes,
(la realidad es una pesadilla en letras de molde), es la atención
desmedida que se ha dado al joven del piano. Un buen día apareció
en las costas de Inglaterra, se negó a hablar pero decían
que el piano como un virtuoso. Su aspecto de espagueti alargado
y mustio, la chaqueta tres tallas más grandes, las ojeras
y la piel de enfermo de tisis, le dieron un halo de misterio.
Ahora hemos sabido que es original de Baviera, Alemania, y
que intentó suicidarse cuando le echaron de su trabajo.
Mientras la primera parte de la historia era estupenda, la
segunda es un bluf, una manera de cargarse un buen relato.
Demasiado chungo como para ser cierto, mucha mecha para tan
poco cohete. En el club de amigos de las cosas extrañas se
habían cruzado apuestas sobre el origen extra terrestre, o
en su defecto recién salido de la Atlántida sumergida. Pues
ni una cosa ni la otra.
Ahora el joven alemán debería indemnizar a sus incondicionales
por haber destrozado su esperanza. No hay derecho, aquel que
empieza una historia debe ser responsable de las sucesivas
entregas. No habría sido de recibo que Cervantes hubiera acabado
el relato en la descripción del personaje.
En todo caso la decepción la deberían costear a medias: el
pianista por un lado y los ilusos por otro. Pensar que aquel
hombre era un ser angelical también tiene delito, la ingenuidad
debería pagar multas, no hay derecho a ser tan panoli sin
fronteras.
Supongo que el chico del piano, mudo por efecto del marketing,
ha conseguido hacerse famoso, tanto como para no hablar en
una temporada y para vender discos. La próxima vez que nos
haga el favor de adentrarse en las aguas, como Alfonsina Storni…
y tener la valentía de no salir.
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