Era Alfonso
Guerra quien decía que la Historia estaba aún por escribir
y que la historia de la España contemporánea se encontraba,
inacabada, en su mesilla de noche. Era tanto como decir que
la historia publicada hasta entonces no era más que un retazo
nimio, un mal reflejo de un prisma visto desde uno de sus
ángulos menos clarificadores, más superficiales, mucho, mucho
más superfluos. Pero, claro, a Guerra se le permitía casi
todo -menos las canonjías de su hermano Juan y alguna que
otra cosilla sin importancia-: tenía y aún conserva esa especie
de bula inalterable dentro del partido. Porque, a la postre,
Alfonso Guerra es el personaje que el Guerra-autor ha creado
de sí mismo y que el Guerra-actor representa a la perfección
en la vida real, a tiempo real, sin salirse del guión.
¿Qué es la historia, según Guerra?
Pues es un cuento narrado desde un guión cercenado; es la
nostalgia del tiempo perdido a lo Proust, pero recobrado no
por el sabor de una simple magdalena, sino por la óptica no
apócrifa de Pablo Juliá, el
fotógrafo de El País en su edición de Sevilla, el autor de
la famosa 'foto de la tortilla'. Pero treinta años después,
la histórica foto del núcleo fundador del socialismo español
moderno ha sufrido algunas modificaciones. Recuerda todo ello
al espíritu supresor de Stalin
cuando hacía desparecer de las fotos antiguas los personajes
que, en definitiva, habían desaparecido -o iban a desaparecer-
de la escena real. Trotsky el
primero.
Y, así, la famosa 'foto de la tortilla'
de principios de los setenta ya no es la 'foto de la tortilla',
porque merced al esfuerzo 'suprimidor' de Guerra, en la reproducción
que ahora se muestra en la exposición conmemorativa del 125
aniversario de la fundación del PSOE -exposición con la que
se ha abierto el 36 Congreso Federal socialista- han 'desaparecido'
dos de sus figuras clave: Luis Yánez,
catapultado a Estrasburgo, y Carmen
Romero, la mujer del entonces amigo entrañable Felipe
González. ¿Sorprendería saber que la exposición ha
sido montada por la Fundación Pablo Iglesias y que Alfonso
Guerra preside la citada Fundación? Probablemente no sorprende,
sino que es un dato clarificador.
No ha utilizado Guerra técnicas stalinistas
de supresión física. Lo suyo es mucho más etéreo, digamos
espiritual: simplemente, ha pedido al autor -Pablo Juliá-
otra toma de la reunión bucólica y campestre, donde Guerra
no aparece en un lateral, casi como sin salir por haberse
movido, sino de frente, como corresponde a su posición, donde
Yánez se encuentra de espaldas y en donde ya ha desaparecido
Carmen Romero. Felipe González sí está, con la cabeza gacha,
pero está. También aparecen en este nuevo encuadre Josele
Amores y el ahora senador Curro Rodríguez
junto a su mujer, Mary.
Treinta años son muchos años, y desde
luego lo son para la historia del socialismo, sobre todo si
la escribe -o la muestra, como ha sido el caso en este 36
Congreso- Alfonso Guerra. Porque en la exposición sobre el
125 aniversario del PSOE hay demasiadas curiosidades, algunas
obviedades y, desde luego, muchas ausencias. Por ejemplo,
en el bloque sobre la transición democrática, que podríamos
datarlo a partir de 1976, de las 16 fotos y carteles que aparecen
en la exposición, en cinco fotografías la figura de Guerra
es el motivo central. A eso es a lo que se conoce como escribir
la historia desde la mesilla de noche.
Lo mismo está Guerra en el XIII Congreso
de Suresnes -octubre de 1974- con Mitterrand, José Martínez
Cobo y Manuel Garnacho,
que en otra instantánea con Felipe González y Enrique
Tierno, que en otro panel con Múgica, Felipe González
y Nicolás Redondo en un mitin
en el País Vasco... Pero sorprende que no esté en la cabecera
de la manifestación del 27 de febrero de 1981, cuatro días
después del nefasto 23-F, en la que sí estaban, 'chupando
pancarta', y de izquierda a derecha Nicolás
Sartorius, Simón Sánchez Montero,
Enrique Múgica, Joaquín
Leguina, Nicolás Redondo, Santiago
Carrillo, Felipe González, Rafael
Calvo Ortega, Agustín Rodríguez
Sahagún, Manuel Fraga
y hasta un escuálido y jovencísimo Jorge
Verstrynge, por aquel entonces secretario general de
AP, algo así como el hombre del maletín de Fraga. ¡Y no aparece
Guerra! Pero, claro, el que estaba, estaba, y el que no...
pues no sale en la foto y hay algunas fotos que no tienen
otra perspectiva.
Y hay curiosidades, decíamos, como
el hecho de que en toda la exposición apenas aparezca Rodolfo
Llopis. Sólo en tres fotografías: una, solito en 1946,
frente a un micrófono; otra, confundido con dirigentes del
PSOE y de la UGT, por esas fechas aproximadas, en el patio
de la rue du Taur, la sede socialista en el exilio de Toulouse,
y otra en un lateral -como estaba Guerra en la foto original
de la tortilla- en 1970, con Martínez
de Velasco y Miguel Armentia,
en el transcurso del XI Congreso en el exilio, dos antes del
de la ruptura. Llopis, a quien pocos recuerdan y muchos más
no conocen, fue secretario general del PSOE en el exilio durante
nada menos que la friolera de 30 años. Casi nada.
Y hay ausencias muy importantes, que
sería demasiado prolijo relatar, pero que los autores de la
exposición conocen muy bien. Aunque ha sido un acierto introducir
al menos una foto del mítico guerrillero José
Mata Castro. Este hombre protagonizó una anécdota emocionante
que muy pocos conocen. Del maquis en el norte de España pasó
a Francia y allí entró en la Ejecutiva socialista en el exilio,
donde llegó a llevar las cuentas del partido. Pues bien, en
el XII Congreso, en 1972, puso en venta su casa. Todos se
extrañaron de esa decisión. Al final, después de mucho preguntar
descubrieron que las cuentas no cuadraban... y había que rendir
cuentas al Congreso. Mata, que no era un gerente, desesperado,
había puesto en venta su casa para cuadrar las cuentas. Conocido
el problema, pusieron a dos contables que descubrieron que
no faltaba ni un franco: es que la contabilidad no estaba
bien hecha.
Hoy no pasaría eso: ni uno ni lo otro.