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Pienso en el 1 de septiembre y me entran
sudores. Sudores fríos. Empiezo a tener pánico nocturno pensando
en el amanecer de ese primer día de la nueva temporada urbana,
cuando cada mochuelo vuelva a su olivo, cada individuo a sus
tareas y cada mendigo a su semáforo. Y esos sudores fríos, ese
pánico nocturno, ese duermevela tenso, no es debido al síndrome
postvacional, esa idiotez que algunos se han inventado como
término para cambiar lo que toda la vida ha sido pereza por
volver al curro tras un prolongado periodo de descanso. No,
el miedo es que una vez todos en Madrid, ninguno podamos movernos.
Cuando se inició la operación salida de las vacaciones, ya dejamos
a esta ciudad metida en obras, pero es que durante las vacaciones,
a lo largo de todo el verano, ninguna de esas obras ha concluido
y otras nuevas se han iniciado, lo que nos lleva a la conclusión
de que iniciaremos el nuevo curso urbano con más apreturas de
las conocidas, casi al límite del colapso, y esto, el 1 de septiembre,
pondrá a los conductores al borde de un ataque de nervios, y
la maldita fecha envenena mis sueños inquietos.
Moverse por Madrid resulta cada día más difícil,
eso si se consigue entrar, porque en cada acceso hay una obra
o el efecto colateral de otra cercana. A los soponcios que habitualmente
supone entrar a Madrid por las carreteras de Andalucía y Barcelona,
se unen ahora las graves dificultades por las de Burgos, Toledo,
Extremadura y La Coruña, es decir, obras en todas ellas que
hay que superar para encontrarse con las obras en la periferia
y en el interior de la ciudad.
Hace unos días, el vicealcalde, Manuel Cobo, pedía
perdón y comprensión a los madrileños por tantas trabas a su
movilidad. Los madrileños ya hemos demostrado históricamente
nuestra capacidad de comprensión. Comprendemos que las obras
son necesarias, pero lo que no comprendemos es que se hagan
todas a la vez.
Con el 1 de septiembre volverán las oscuras golondrinas
del tráfico de nuestros nervios sus atascos a colgar. Ya empezamos
a sudar frío y a tener pesadillas, y es que la inauguración
del nuevo curso urbano puede ser el día de caos más absoluto.
Mil obras nos contemplan.
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