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Madrid.-
Madrid
Con
una afluencia de casi 3.000 visitantes todos los fines de semana,
el río Alberche constituye una zona conocida como la
'playa de Madrid' que, entre pinos y encinas, esconde recónditos
parajes naturales de gran belleza. La calidad de sus aguas,
que está por encima de la media de la región,
y la amplitud de la arena, son el reclamo fundamental para tanto
bañista ávido de combatir las altas temperaturas
estivales.
Con
la notable mole de la presa de San Juan a las espaldas, echa
a andar el sendero por la orilla del embalse de Picadas. Tras
cruzar una barrera, la primera curva marca la pautas de lo que
será esta afable excursión pegada a las aguas del río
Alberche, al pie de montes cubiertos de espesos bosques de pino
piñonero tan característico de la zona y de matorral
mediterráneo, y con un horizonte al que las abruptas
laderas sólo dejan el resquicio que abre entre ellas el prolongado
embalse. El camino transita en una ligerísima subida
por la garganta del Alberche, labrada entre los conjuntos rocosos
de la zona.
Un
río todavía montaraz se abre paso por la umbría
de Gredos entre espesas alisedas, prados bien acotados con cercas
de piedra seca, regueras cantarinas, almiares y chozos de granito
techados con rama de piorno. La bonanza hídrica de que disfruta
el río Alberche hace que el agua llegue casi hasta el
borde del camino.
Una
plácida vaguada se adentra hacia la derecha por un ignoto vallejo
que se pierde monte arriba. Durante un primer trecho transcurre
el ancho sendero por la margen derecha del pantano y los innumerables
pinos descienden hasta su mismo borde. Al kilómetro y medio,
la senda cambia de orilla y asoman de las aguas las bóvedas
de los arcos de lo que parece puentecillo y es en realidad un
altivo viaducto que salvaba la zona más abrupta de la garganta,
hoy sumergida. Construida en 1952, la presa de Picadas aprovechó
la prolongada barranquera por la que discurría el Alberche.
Con un mínimo de obra se logró embalsar un gran volumen del
líquido elemento que precisaba la capital para su consumo.
Triste
sino el de este río, piensa mientras transita a su vera el caminante,
que ha visto perdida la libertad ganada tras los miles de años
de esfuerzos que le costó horadar las duras sierras. Su loca
carrera entre piedras y barrancos hace años que se volvió mansedumbre
embalsada. Desde el pantano del Burguillo, enclavado poco antes
de despedirse de las tierras abulenses que le vieron nacer,
hasta el lejano de Cazalegas, ya en Toledo, una y otra vez,
sus aguas son apresadas. Pero es en Madrid donde se le saca
todo su jugo fluvial a este río. Parece que el Alberche hubiera
decidido dar un enorme garbeo de 360 grados, para rendir sus
aguas a la Comunidad. Ésta lo recibe con el pantano de
San Juan para, sin darle un metro de tregua, empantanar de nuevo
su caudal en Picadas.
En
las inmediaciones del embalse se encuentra Pelayos de la Presa,
el más pequeño de los pueblos del valle del Alberche,
cuyo conjunto monumental está compuesto por la iglesia
de Nuestra Señora de la Asunción, levantada a
finales del siglo XIX, y por las ruinas del Monasterio cisterciense
de Valdeiglesias, que data del siglo XII. Y un poco más
alejado se encuentra Aldea del Fresno, uno de los pueblos más
atractivos de la Comunidad de Madrid, donde se sitúa
la denominada 'Playa del Alberche', en el punto en que se une
con los ríos Perales y Berciana, afluentes del Alberche.
Un
pequeño desfiladero da paso a la única explanada que ofrece
esta ruta. Un rústico cartel señala la riqueza de una avifauna
en la que destacan águilas, buitres, búhos y lechuzas,
pues no en vano es una Zona de Especial Protección de
Aves (ZEPA) incluida en la Red Natura 2000. Otra barrera y otro
breve desfiladero dan paso a la parte más ancha del embalse,
en una zona abrupta y escondida labrada en los materiales cristalinos
de la zona, entre un monte mediterráneo muy bien conservado.
Siguiendo
el camino dejaremos un largo túnel a la izquierda, aunque
todavía habremos de cruzar cuatro puentes más, hasta
que divisemos las construcciones de la presa del embalse de
Picadas, punto final de nuestro recorrido. Una vez aquí, no
hay que perderse el espectáculo del salto de agua y, desde las
compuertas, el caminante se puede asomar para ver caer el agua
en un salto de sesenta metros. Más allá de la espuma pulverizada,
el Alberche muestra los restos de los imponentes tajos que señalan
cómo debió de ser un día esta inmensa garganta, otrora mucho
más salvaje y hoy sepultada por millones de metros cúbicos de
agua.
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