Ruta: Las Cabreras de San Juan
Caminata por un majestuoso mirador en medio de los bosques que rodean este embalse madrileño


Madrid.- MadridLa ladera de Las cabreras es uno de los lugares más recónditos de la Comunidad de Madrid / Foto: Archivo
Por encontrar la soledad y el sosiego somos capaces de huir al fin del mundo. Y los relatos que glosan las excelencias de aquellos lugares remotos tienen el predicamento de las audiencias. Sin embargo, esas virtudes exóticas y alejadas, están aquí mismo, a la vuelta de cualquier esquina de nuestro territorio. No se trata de elevadas planicies a la tibetana, ni de espesos bosques tropicales, sino de parajes anónimos que, a pesar de encontrarse a tiro de piedra, nos ofrecen una jornada llena de silvestres soledades.

La cuenca del Alberche, entre pinos y encinas, esconde recónditos espacios naturales bañados por las tranquilas aguas del río que da nombre a esta comarca. Algunos de estos parajes se han convertido en los principales destinos de los madrileños que intentan ahogar los calores estivales a poca distancia de sus hogares sin necesidad de tener que realizar cientos de kilómetros para disfrutar del sol y del agua. En este entorno se encuentra el Pantano de San Juan, al que se ha llamado Playa de Madrid, cuyas aguas forman recodos y mangas que dan como resultado hermosos paisajes en todo lo largo y ancho de este embalse plagado de tranquilas y recónditas calas.

El río Cofio transcurre por el barranco que atraviesa Las Cabreras / Foto: ArchivoLas señales del GR-10 sirven de guía en la primera parte de la pista que lleva hasta Las Cabreras, una perdida eminencia que se eleva en mitad de los pinares que rodean el amplio embalse de San Juan. Estos extensos pinares están surcados por numerosas pistas que se abren a ambas manos de la principal. No hay que tomar ninguna de ellas, sino proseguir rumbo al norte, al tiempo que se gana altura. A los dos kilómetros, aproximadamente, se alcanza un collado en el que confluyen cuatro pistas. De las dos que se abren de frente, seguiremos la de la izquierda que allí mismo inicia un descenso. Sin tomar los desvíos que se abren a la izquierda, continuamos la bajada hasta una amplia curva. Frente a ella y al otro lado del río Cofio, se descubre la ladera de Las Cabreras por donde sigue la excursión. Al fin, la bajada alcanza la altura del puente sobre el Cofio.

Este abrupto barranco tiene fama de ser lugar querencioso para la fauna más destacada. Algo que ha sido así desde siempre. Lo recuerda Alfonso XI en su Libro de la monteria, en el que describe estos montes como buenos para la caza del oso. Los tristes plantígrados hace mucho que se extinguieron, pero no otros sobresalientes compañeros silvestres. En las remotas soledades del Cofio hoy todavía se baña la nutria y sus cristalinas aguas reflejan la silueta de buitres negros y águilas imperiales. No falta tampoco, según dicen los estudiosos, el lince ibérico y el gato montés. El camino carece de mayor misterio que el seguir la pista que desde el puente emprende una larga subida.

Desde Las Cabreras se puede disfrutar de una precioda vista del embalse de San Juan / Foto: ArchivoA medida que nos aproximamos a la esquina que describe esta parte de la ladera, se descubren escondidas ensenadas y recónditos playazos bajo la pulida silueta del negruzco Yelmo, curiosa cima semiesférica similar a la de La Pedriza del Manzanares. Justo a su altura se descubre un monumental madroño, una curiosidad botánica igual que los quejigos, roble mediterráneo que de vez en cuando sorprende con sus hojas en medio de los pinares. A lo largo del camino han podido descubrirse diferentes carteles que advierten de la prohibición de coger piñas bajo multas de 500 pesetas. La subasta anual de estos montes para la explotación de sus frutos tal vez sea el último vestigio de los otrora abundantes oficios tradicionales de la zona.

En estas alturas se inicia el último tramo que nos lleva a la parte cimera de Las Cabreras. Para ello hay que seguir por la pista que llevamos justo hasta el punto en que ésta comienza a descender. El lugar está señalado por el pino nº 12, un robusto ejemplar de piñonero que, a la izquierda de la pista, muestra dos gruesas ramas cortadas a la altura del tronco y tiene clavado un cartel con dicho número. Allí debe abandonarse la franca pista para tomar a la derecha, ladera arriba, un minúsculo senderillo. Marcado con algunos hitos, se pierde a tramos entre canchos y jarales, pero el camino resulta evidente, y en menos de lo pensado se alcanza la cumbre de esta prominencia.

En Las Cabreras abundan las encinas y los pinos / Foto: ArchivoDesde sus gastados canchos se atisban los interminables bosques de Santa Leonor y El Quexigal que, hacia el noroeste, trepan por las faldas de las lejanas Cabrera Alta, Cabrera Baja y Cabreruela. Visibles manchones blancos se esparcen por sus ariscas paredes. Denotan la presencia de la más importante colonia de buitres leonados de esta parte de la región. Muchos de ellos se recortan en el cielo, como lo hacen alguno de los buitres negros y águilas imperiales que aquí también se localizan. Mucho más abajo gatos monteses, martas, garduñas y linces ibéricos, invisibles para el caminante, aguardan en el frágil escondrijo de las espesuras.

Las Cabreras se trata en realidad de un puñado de amontonamientos graníticos de los que todo el mundo parece ignorar su existencia. Al descubrir sus alturas, el caminante inicia una corta tirada que, desde el sur, le lleva en un santiamén al collado que separa la primera de la segunda Cabrera, señalado por una línea de alta tensión, visible desde el comienzo de la ruta. Desde el portachuelo, para encaramarse a la más occidental de ambas cumbres, hay que culebrear entre espesos matorrales y canchos para acceder a esta inmejorable atalaya, desde la que se contempla una desconocida visión del vecino pico de la Miel.

El embalse de San Juan cuenta con enclaves de gran belleza / Foto: ArchivoDe vuelta al collado, la pista gira a la derecha, dejando un sendero que desciende hacia el norte. Abandonada hace mucho, ha ido sucumbiendo ante la reconquista de la vegetación y los derrumbes propiciados por la lluvia. Pero todavía puede seguirse hasta otro collado, situado al oriente de la segunda Cabrera. El ascenso a esta prominencia salva un pequeño hombro y llega a un nuevo collado, desde donde se trepa hasta el pie del berrueco cimero por su lado norte, a través de un camino señalado por hitos de piedras.

De regreso al pie del majano por el mismo sitio, se continúa hacia el este por una portilla situada junto a una piedra prominente. Así se cruza la pista, en un punto algo más abajo que el segundo collado. Prosigue un sendero marcado con hitos rumbo a la altiva silueta triangular de la tercera Cabrera. La senda desaparece en breve, siendo preciso ascender por un terreno rocoso muy empinado. El trecho exige algunos pasos de escalada, aunque todos fáciles, ayudando algunos hitos a encontrar el paso por el roquedo.

Los madrileños suelen buscar todos los domingos las tranquilas aguas del embalse de San Juan  / Foto: ArchivoEn una tirada más corta de lo esperado se llega junto al vértice geodésico, desde donde se contemplan a placer las tranquilas dehesas del lado norte, salpicadas por numerosas canteras abandonadas en su mayoría. Al este, el amplio y profundo embalse del Atazar, mientras la inmaculada línea del Guadarrama cierra el lado norte. Prosigue un descenso hacia el sureste, que es lado que mira al Atazar, rumbo a un árbol quemado situado bajo el cono cimero. La corta bajada lleva a la altura de un nuevo collado, que habrá de cruzarse para acometer la subida a la cuarta Cabrera por las tumbadas lanchas de su vertiente norte.

Desde esta prominencia se continúa hasta el más oriental de los hombros rocosos. Es un tramo con idénticas características que los anteriores. Sin sendero alguno, el caminante debe buscar el paso entre el laberinto de bloques y la maraña vegetal. Una vez allí, se desciende hacia el este, hasta entroncar con un zigzagueante camino que lleva a una gigantesca cantera. Antes de llegar a ella, enlaza con otro que recorre el lado norte de Las Cabreras y casi de puntillas, da la vuelta y emprende el regreso mientras cavila la mucha razón que asiste a quienes señalan que estos lugares andan sobrados de méritos para convertirse en parque nacional.

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