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Madrid.-
Madrid
El
Embalse de Valmayor está considerado como uno de los más importantes
de la Comunidad de Madrid y su situación estratégica, junto
al de Los Arroyos, en parajes habitualmente no muy frecuentados,
ha propiciado la existencia de una serie de ecosistemas peculiares
y de notable interés que han coexistido tradicionalmente con
distintos aprovechamientos (agrícolas, ganaderos, forestales,
etc.). Estos ecosistemas vinculados al medio acuático gozan
de reservas importantes de agua de gran interés y constituyen
enclaves de singular belleza paisajística que albergan valiosas
representaciones de flora y fauna, particularmente aves acuáticas.
Para
poder disfrutar de estos dos embalses acostados entre las dehesas
del Guadarrama, nos dirigiremos en tren hasta el apeadero de
Las Zorreras, que pertenece a la línea C8A del Cercanías (Madrid-Villalba-El
Escorial) y, cruzando por el paso subterráneo, tiraremos hacia
abajo por la calle Mayor de la urbanización de Los Arroyos.
Para amenizar la paseata por este encantador bulevar, haremos
una breve incursión por la tercera bocacalle a la izquierda,
a la altura de un vivero, en busca de la ruinas de Navalquejigo.
Varias casas destartaladas, un gran pilón asombrado por chopos
centenarios, la picota o rollo de justicia y el frontis de una
iglesuela-fortaleza – dicen que del siglo XIII – son cuanto
queda de este pueblo que fue abandonado, misteriosamente, en
los años 30. En 1.993, un empresario lo compró y lo puso a la
venta por 110 millones, pero no tuvo mucho éxito.
Al
final de la calle Mayor, nos topamos con la moderna iglesia
de Los Arroyos, y desde la explanada que hay a sus espaldas,
bajaremos a campo traviesa, guiándonos por el tendido eléctrico,
hasta cruzar el arroyo Ladrón, para luego girar a la izquierda
por la nítida senda que corre aguas abajo a través de un soto
virgen de sauces, fresnos y encinas. Al poco rato, nos hallaremos
a la vera misma del embalse de Los Arroyos, avanzando entre
su riba orlada de carrizales – pletóricos de somormujos, cercetas,
ánades, garzas...– y una ingente cerca de piedra tras la que
se explaya una dehesa de magnas encinas.
Una
vez rebasado el dique de la presa, continuaremos por la orilla
del siguiente embalse, Valmayor, hasta alcanzar los dos puentes
del Tercio: el nuevo, el que se ve, de 700 metros de longitud,
por el que salva la cola del pantano la carretera de El Escorial
(M-505); y el viejo, el que no se ve, que fue anegado en 1.976
por las aguas represadas. También se tragaron la cruz del Tercio,
la cual delimitaba antaño el término de El Escorial.En
la recula del pantano se sumerge un arruinado puentecillo, utilizado
antaño por pastores y por los vecinos del cercano Navalquejigo.
Una corta subida permite alcanzar su remate, por donde se cruza
hasta la orilla opuesta. Hacia la mitad, un espigón se adentra
en las aguas una docena de metros. Su punta es un destacado
mirador para escudriñar a las aves que aquí han buscado su refugio
para el invierno. En su centro dormitan las anátidas y entre
los cañizos chapotean las fochas, señalando el límite que orla
las orillas. Termina el muro ante un camino que seguiremos de
frente, con una leve subida, al tiempo que descifra el paso
entre la cerrada carrasquera.
Pronto
se olvida el embalse, comenzándose a caminar junto a un ignoto
curso fluvial que se conserva en muy buen estado, Es el arroyo
Ladrón. Sin mayores inconvenientes que lo embarrados que se
encuentran algunos tramos, se alcanza una zona despejada que
aparece surcada por abundantes pistas. Se sigue por la más cercana
a la vieja cerca de piedra de la izquierda. Un corto descenso
se da de bruces con la orilla del hilo de agua, que transita
en el fondo de una bóveda vegetal. Chopos, álamos y encinas
otorgan al paraje un encanto especial. Pero la dicha raras veces
es completa. De vez en cuando, algunos claros entre el arbolado
permiten otear los montes de El Escorial, que con la ayuda de
esta radiante mañana intentan sacudirse los nevazos de días
pasados.
Más
adelante, la pista desciende hasta el arroyo y, tras cruzarlo,
prosigue por la orilla izquierda remontando su corriente. Entre
el agua y la linde de la urbanización de Los Arroyos se alcanza
sin mayores problemas una despejada dehesa. A su lado, sendos
muros capturan al Ladrón en dos pequeñas represas, unas meras
piscinas que aparecen casi sin agua, y en su final una cerca
de piedra señala el punto de retorno. De vuelta hasta el embalse
de Los Arroyos, en lugar de cruzar su muro, seguimos por el
sendero que recorre los despejados playones de esta orilla salvaje,
pudiendo comprobar cómo era la sierra antes de la aparición
de los chalés. Y así alcanzamos la carretera de El Escorial,
que pone fin a nuestra gira.
OTRAS
RUTAS
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