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Madrid.-
Madrid
La
Dehesa de Moncalvillo, con una extensión de 1.350 hectáreas,
es una zona de alto valor ecológico dedicada a la explotación
ganadera donde, junto a los majales, se desarrollan extensas
formaciones de encinas, enebros, cornicabras y quejigos. Situada
en los aledaños de San Agustín de Guadalix, en
verano se ve inundada con caballos y vacas que descienden a
la rastrojera para pastar plácidamente.
Cuentan
las crónicas que corría el año 1459 cuando la familia
de los Mendoza, a la sazón señores de gran cantidad de fincas
aposentadas a lo largo del actual territorio serrano madrileño,
cedieron estas dehesas a las municipalidades de Pedrezuela y
San Agustín de Guadalix. Lo hicieron con la única condición
de que jamás fuesen divididas o vendidas. Caso omiso hicieron
los vecinos de Pedrezuela, que se adueñaron cada uno de una
parte proporcional de su porción. En cambio, los habitantes
de San Agustín de Guadalix, fieles a su palabra, la mantuvieron
y mantienen hasta la fecha. Ha sido, pues, más que remarcable
el papel histórico jugado por esta villa en la conservación
de tan primordial enclave, hoy felizmente declarado reserva
de la biosfera.
Unas
800 cabezas de ganado pacen en este rincón privilegiado como
clara muestra de que la cultura campesina todavía resiste en
esta villa, a pesar de que poco a poco sus arrabales se van
poblando de bloques de cemento y filas de chalés adosados, en
un escenario que sintetiza los mundos rural y urbano. En la
época estival, numerosos caballos asilvestrados descienden
desde los montes de las inmediaciones para alimentarse con los
pastos que crecen en estos amplios prados salpicados de encinas.
En
busca de este retazo de naturaleza, el caminante echa a andar
desde el Ayuntamiento de San Agustín. En las afueras del pueblo,
el asfalto deja su paso a la tierra y por una ancha pista discurre
un largo trecho entre sembradíos, que ahora descansan en barbecho,
a los que siguen fincas ganaderas y algunos chalés, que se agrupan
en muy poco terreno como si tuvieran miedo de los amplios espacios
que se contemplan desde el camino. Una breve cuesta conduce
hasta una plazoleta que se ubica al pie de una finca abandonada
perteneciente al Canal de Isabel II.
En
su parte trasera se inicia un camino apenas marcado, que trepa
por una empinada ladera, dejando a la derecha algunas canteras
abandonadas y marchando al encuentro de un tendido eléctrico,
donde se une con un camino un poco más ancho que surge a su
izquierda, prosiguiendo cuesta arriba. Se trata de un corto
tramo en el que se discurre por un agradable soto, que, a pesar
de sus reducidas dimensiones, cuenta con una completa representación
de los árboles que componen el bosque de galería.
Al
final de la pendiente se alcanza una recia valla de piedra,
en la que se abre una cancela, y una vez traspasada la linde,
se penetra en la dehesa de Moncalvillo, que permanece inalterada
desde hace siglos. El camino emprende un suave descenso, al
tiempo que gira a la derecha, recorriendo la falda del monte
cuajado de encinas. Entre sus huecos se contempla la armonía
de este bosque ancestral, que alcanza el horizonte, señalado
por la inconfundible silueta del cerro de San Pedro. El denso
tapiz de encinas y enebros, trepa majanos y desciende hasta
el fondo de las abruptas barranqueras. En Moncalvillo es posible
contemplar dos tipos de encinares en función del suelo
en el que se desarrollan. En suelos silíceos, crece un
sotobosque de jaras, tomillo y retamas, mientras que en terrenos
calizos, más ricos en especies vegetales, florece la
cascoja, el romero y el espino negro.
Antaño,
más de tres cuartos del actual territorio madrileño presentaban
un aspecto similar al que ahora muestra esta dehesa, pero el
acoso de la civilización ha ido limitando cada vez más
sus extensiones. Moncalvillo, sin embargo, parece que ha resistido
tan duro trance sin demasiados daños aparentes. La senda
continúa el suave descenso hasta que alcanza una zona
despejada que limita otra cerca de piedra. Se cruza por uno
de sus rotos y el camino prosigue de nuevo entre un cerrado
bosque de encinas. Tras cruzar una pequeña pedrera, el sendero
se abre en tres, y el ramal del medio lleva a una cerca de piedra,
que puede cruzarse algo más abajo por otro portillo.
Al
otro lado, un camino desciende en dirección a la llamada
'Sima', un profundo barranco que cruza un esbelto acueducto
del Canal de Isabel II. Su lomo sirve para pasar al otro lado,
empalmando con una pista que lleva a una torreta de piedra caliza.
Abajo se distingue, medio escondido entre la vegetación del
arroyo de Navaperal, otro acueducto. Hacia allí debe descenderse
para coger un sendero en la orilla opuesta del riachuelo que
más adelante empalma con una pista, la cual nos llevará
de vuelta hasta San Agustín de Guadalix, punto final de nuestro
recorrido.
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RUTAS
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