Ruta: El alcornocal de Dehesa Vieja
Recorrido por el único y olvidado bosque de alcornoques de la Comunidad de Madrid


Madrid.- MadridDehesa Vieja es el único lugar de Madrid en el que todavía se pueden observar alcornoques  / Foto: Archivo
Nadie sabe a ciencia cierta cómo ha podido perdurar el alcornocal de Dehesa Vieja, que constituye un ignoto rincón de las serrezuelas que cierran el norte de la localidad madrileña de Torrelaguna. A pesar de su singularidad y de los valores naturales que encierra, carece completamente de protección, algo inexplicable tratándose del último reducto de alcornoques que se conserva en la región.

Hace tiempo, la Dehesa Vieja era un lugar de cita obligada tras los calores estivales, cuando las cuadrillas de alcornoqueros se afanaban con sus hachas en desnudar los arrugados troncos de estos árboles. Con el tiempo, todo aquello fue olvidándose y, aunque hoy algunos de estos alcornoques aún muestran el torso desnudo, el oficio ha perdido el predicamento de antaño y las brumas que acarrea el abandono del campo no dejan ver la anaranjada desnudez de tan nobles vegetales. A su encuentro echa a andar el caminante desde el pie del cuidado rollo medieval que preside la vida de El Berrueco, dejando atrás la última de las casas en dirección a Torrelaguna, para casi allí mismo girar hacia la derecha por una pista que transita entre amplias praderías bajo cuyos fresnos se desperdiga parte de la feraz cabaña ganadera de esta población.

El Berrueco es uno de los  pueblos más representativos del Madrid rural / Foto: ArchivoEn este punto surge una vía pecuaria y, pista adelante, en la primera encrucijada, hay que tomar el ramal de la izquierda, hasta que el camino se planta en medio de un puñado de rústicas construcciones. Son los restos del antiguo pueblo de Valcaminos, hoy aprisco medio arruinado. Allí, la pista se bifurca y hay que seguir unos metros la de la derecha hasta tomar un pequeño camino que desciende hacia la barranquera donde se acuestan las últimas casas. El camino pasa junto a un abrevadero y continúa entre vallas hasta que, bien por una senda, bien por unas rodadas situadas más abajo, se gira a la izquierda, para luego enhebrar con alguna de las abundantes veredas que cruzan un terreno despejado y se dirigen hacia el fondo de una vaguada de la que asoman dorados chopos.

Continúa descendiendo el camino por un paso abrupto hasta la cabecera de este tajo abierto por el arroyo de San Vicente. En dos pasos, el camino se vuelve más importante y pronto se separa del fondo, permaneciendo a la misma cota por la ladera de la izquierda del valle. Se trata de la conducción del Canal Bajo de Isabel II, que desde la presa del Villar lleva el agua hasta los depósitos de la alejada Torrelaguna. Se cruza el riachuelo que la recorre y, dejando la pista que sigue a la derecha, se empalma con un senderillo que se dirige hacia otro escondido barranco. En ligera subida se marcha largo trecho junto a una oxidada cañería, medio enterrada, hasta alcanzar un registro de la conducción de agua.

El Berrueco está enclavado en un valle perdido junto al Jarama / Foto: ArchivoSigue un pronunciado descenso por un cerrado bosque de encinas que, a veces, obligan al caminante a transitar por el interior de un túnel vegetal. Al poco, aparece la robusta almenara de Matamulos, la plataforma bajo la que va la conducción del Canal de Isabel II, con un trabajado rebosadero de piedra y una gran escala clavada en el suelo, que permite comprobar el nivel de las aguas que circulan debajo. Desde este altozano se contemplan los dorados manchones de los bosquetes que crecen junto a la ribera, entre los que se puede descubrir algún bosque del corcho escondido al arrimo de chopos, encinas y carrascas.

Es esta barranquera uno de esos parajes olvidados por todos menos por los cabreros y, en tiempo de veda, por los cazadores. Abrupta e incómoda, recubre sus ariscas laderas una cerrada espesura de quejigos, carrascas y jarales imposibles. Son estas remotas profundidades lugar querencioso de raposos, jabalíes, corzos y garduñas, que encuentran en esta época el mejor momento del año para llenarse la andorga con los frutos del generoso bosque. Un menú en el que el plato principal son las suculentas bellotas del más importante alcornocal madrileño. Se amolda el camino a las idas y venidas de la ladera, mientras el arroyo cada vez se hunde más en su barranco. De vez en cuando, el canal atraviesa algún que otro lomo; entonces una veredilla trepa a su cumbre, para encontrar de nuevo tan providencial vía, sin la cual el paso sería imposible.

Dehesa Vieja es el último bosque de alcornoques que perdura en la Comunidad de Madrid / Foto: ArchivoA medida que se avanza, el camino se hace más estrecho y el terreno más salvaje. Es en este punto cuando comienzan a aparecer los primeros alcornoques. De similar apariencia a la encina, se distingue este quercus sobre todo por su arrugada corteza y por los tonos más amarillentos de su hojarasca. Algunos muestran sus troncos pelados, pero son más los que visten sus inconfundibles arrugas. Sus hojas muestran los bordes silueteados con breves espinas, mientras que las rotundas bellotas son algo más voluminosas que las de las encinas, teniendo su sombrerete recubierto de escamas más puntiagudas. Más adelante, la ladera se despeja y permite contemplar el amplio valle del Jarama.

En la última loma, destaca la solitaria atalaya de Arrebatacapas. Un poco antes, justo en la zona donde los árboles adquieren un porte mayor, se abandona el canal para tomar alguno de los caminos que trepan por la ladera hasta llegar a la vieja casa del guarda. Allí justo, al pie de la carretera de Torrelaguna, los mejores alcornoques de Dehesa Vieja montan guardia y, entre ellos, el más sobresaliente ejemplar: un árbol centenario que supera los veinte metros de altura.

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