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Madrid.-
Madrid
Son sólo dos kilómetros,
pero el caso es que la Dehesa
de la Cepeda, enclavada entre los términos de la abulense Peguerinos
y del segoviano El Espinar, es territorio madrileño ciento por
ciento, aunque se encuentre separada del resto del suelo de
nuestra comunidad por una franja de prados y bosques habitada
por vacas, que pastan y sestean con la característica languidez
de su género.
El
origen de tan peculiar rincón se remonta a comienzos del siglo
XIII, cuando formaba parte de los bienes propios del incipiente
concejo madrileño, y así se mantuvo durante seis centurias
de litigios con los segovianos por la posesión de estas
sierras. Así se mantuvo hasta la desamortización de Mendizábal,
cuando el ministro Madoz, apenado por los campesinos sin tierras,
expropió numerosos bienes comunales. Aquella revolución
de guante blanco lo único que hizo fue permitir que la dehesa
fuese adquirida en subasta por la acaudalada familia de los
Sainz de Baranda -la del que fue alcalde de Madrid-, de cuyas
manos la propiedad pasó a ganaderos más humildes, aunque sin
que por ello dejase de pertenecer al municipio madrileño de
Santa María de la Alameda.
Pero
nuestro paseo no comienza en
este pueblo, sino en el cercano Peguerinos, el núcleo
mejor comunicado con este enclave a través de pistas
forestales. La Cepeda tiene ese encanto risueño y pastoril
de las dehesas serranas, prestándose a una agradable
caminata desde Peguerinos. Allí hay que cruzar a la izquierda
de una cancela y seguir, a través de dehesas, por una pista
en ligera subida por la vaguada del arroyo del Chubieco que,
en unos pocos metros, alcanza la recoleta presa de Peguerinos.
Durante un trecho, el caminante cree sentirse en mitad de las
Rocosas canadienses, tanta es la soledad y agreste belleza de
este recóndito paraje. En el recorrido se descubre cómo algunos
de los pinos más cercanos a las aguas han terminado sucumbiendo
a la tentación de bañarse en el embalse. Ahora yacen en las
orillas, desnudos de ramas y medio escondidos entre los carrizos.
Así
se alcanza el cruce con el camino de Gargantilla, que se abre
a la derecha. Entonces, se debe continuar por la pista que gira
a la izquierda, que hasta hace poco estaba abierta al tráfico
rodado. A
la media hora aparece, a la izquierda, el refugio de Las Esquinillas,
al final de una pradera repleta de miles de diminutos saltamontes,
que con sus saltos tejen un dibujo imposible sobre la hierba
seca. El camino entonces se allana y es más dulce el
andar por pinares y hontanares donde la yegua pace, la vaca
abreva y el mastín sestea.
De
nuevo por la pista principal, en busca de la Dehesa de la Cepeda,
la sorpresa de alguna que otra ardilla puede distraer al caminante
de una tarea que le mantendrá muy ocupado: espantar los
enjambres de moscas que le asaltan sin piedad como si de una
res se tratase. Un camino prosigue por un vasto salpicado de
piornos y enrebos rastreros, donde ni un solo árbol impide
a la vista explayarse por el sur hasta las cimas más
meridionales del Guadarrama y, por el oeste, hasta Gredos, "espinazo
pétreo de Castilla", según Unamuno. A
través de este terreno desarbolado, una ligera pendiente
lleva hasta una encrucijada situada a la vera del camino. A
la izquierda se distingue entre un grupo de árboles el vértice
geodésico del Alto del Llanillo, justo en el punto donde se
tocan Madrid, Ávila y Segovia.
Desde
ese lugar hay que seguir de frente, iniciando un curveado descenso.
Una arruinada construcción situada a la izquierda y un par de
bosquetes de robles llevan a una bifurcación. La pista de la
derecha baja hasta una cerca cerrada. Del otro lado, se abre
una extensa cubeta, poblada por sotos y espaciosos robledales
sobrevolados por bandadas de rabilargos y cuyos troncos son
asaetados por los pájaros carpinteros. Esparcidos por
las agostadas praderas, los rebaños de vacuno pastan ajenos
al calor que ocupa la Dehesa de la Cepeda, y una recia valla
de piedra marca todo su contorno. Allí mismo, puede verse la
sombra de un águila imperial o un milano real patrullando
por los cielos.
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RUTAS
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