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Madrid.-
Madrid
El
valle de Lozoya, una zona de montaña a los pies de la
vertiente sur de la Sierra del Guadarrama, es una de las joyas
de la Comunidad de Madrid. Atravesado por el río Lozoya, este
valle cuenta con abundantes masas forestales de pinos, robles
y fresnos, que se alternan con prados y dehesas donde encinas
y sabinares se desenvuelven junto al ganado vacuno.
En
el libro de montería del monarca Alfonso XI, del año
1344, se recogen los topónimos más antiguos de
la sierra norte de Madrid, algunos de los cuales mantienen intacta
su denominación desde hace siglos, como es el caso del
río Lozoya, Peñalara, Peña del Ladrón,
la Morcuera o Rascafría. Esta
parte de la sierra madrileña no ha sido agraciada con
gigantescos peñascos rocosos, pero podemos encontrar
los más contrastados itinerarios: desde el más
pacífico bosque, surcado por arroyos de montaña,
hasta la pradera más agreste, que permite disfrutar de
sus olores, sus matices cromáticos y su riqueza vegetal
sin que los urbanitas más perezosos tengan que
desplazarse demasiado para encontrase de lleno en la naturaleza.
Canencia,
uno de los pequeños pueblos enclavados en el valle del
Lozoya, es el punto de partida de nuestro recorrido. Cuenta
con un conjunto de nueve puentes de traza medieval, magníficamente
conservados y de gran belleza, que cruzan el arroyo de esta
localidad. Una cerca de alambre de espino recorre todo el cordal
a través de laderas cubiertas de frondosos pinos, hasta
llegar a lo alto del monte Mondalindo, un collado que separa
las cumbres de Peña Gorda y Cabeza Herreros. Una vez
traspasado el borde, comienza el robledo por el que se desciende,
al tiempo que se divisa, al otro lado del valle, el caserío
de Garganta de los Montes.
Una
vez dentro de la dehesa de Garganta de los Montes, no será
extraño que nos tropecemos con vacas y corderos pastando
plácidamente mientras descendemos por los prados hasta
el viejo camino de tierra que va de Lozoya a Gargante, y que
antiguamente constituía el eje principal del valle. Así,
rodeados de fresnos, arces y robles, llegamos hasta el puente
romano de Matafrailes, un rústico monumento apoyado sobre
el regato del río Lozoya, que fue construido en plena
Edad Media.
En
este tramo medio del valle, el Lozoya ha abierto una pequeña
pero torturada garganta que curvea en un paisaje de prados agostados
donde crecen espesos rodales de rebollos. El río traza
un amplio y reposado meandro subrayado por los espesos fresnos
de sus riberas, que reúne las condiciones óptimas
para la presencia del desmán de los Pirineos y de la
nutria, dos de los mamíferos más escasos de la
Península Ibérica. De vez en cuando, un pequeño
brazo de tierra penetra en las umbrías de los robledales,
en cuyo fresco universo tienen su reino innumerables aves forestales,
entre los que destacan pequeños grupos de rabilargos,
unos córvidos que cada día se expanden más
y más por nuestra Comunidad.
Después
de pasar un estrecho angosto, el camino aparece y desaparece
entre espesas matas de escobas y diminutos brotes de rebollos,
siguiendo el curso de las aguas, que suben y bajan los pequeños
farallones que cortan su paso y encajonan la corriente. El sendero
lleva hasta una cuidada dehesa de robles que brinda su frescor
y, tras cruzar una pasarela metálica sobre el Lozoya,
llegamos a la Hoya Encavera, una pequeña depresión
aguas abajo del embalse de Pinilla. Desde el pie de este enclave
es posible contemplar el sabinar del valle de Lozoya, el mejor
conservado de la región.
Tras
sobrevivir al acoso de calores y hachas, el antiguo sabinar
prospera con la lentitud de los suyos en este prodigio de naturaleza
que es el valle del Lozoya. La empinada ladera en la que se
asienta y su orientación sur han tenido buena culpa de
su pervivencia, pues en semejantes condiciones se presenta una
elevada radiación que permite una fuerte evaporación
diurna del rocío matutino. Se trata de un bosque poco
espeso, con los ejemplares bien distantes entre sí, mezclados
a su vez con encinas y enebros. El bosque, lo que se dice bosque
puro, es decir, el sabinar propiamente dicho, sólo persiste
en una breve extensión de apenas un kilómetro
cuadrado, compuesto por unos austeros, sufridos y solitarios
ejemplares que conforman, junto con sus primos los enebros y
los tejos, las más monacales especies arbóreas
de la región.
Al
otro lado de la carretera, surge una pista que da acceso a la
parte baja de las laderas del monte del Chaparral, y deambulando
por la ladera, siguiendo alguna de las abundantes trochas cabreras,
podremos dar con la sabina de Los Canalizos. Incluida dentro
del catálogo de árboles monumentales, se la puede
distinguir desde la lejanía gracias a su desvencijada
figura que sobresale por la línea del bosque. Con el
paso de los años, el centenario árbol ha ido perdiendo
la mayoría de sus ramas, pero seguramente su copa albergó
en tiempos remotos un nido de águila imperial o de buitre
negro, especies que todavía sobrevuelan la zona.
Recorrida
la solana, nos dirigimos al extremo sudoeste de la ladera, justo
a la izquierda de una pista que alcanza el límite inferior
del sabinar. Allí comienza un sendero que asciende la
ladera y en un tramo especialmente empinado la sabina se entrevera
sin tapujos con enebros, rubias y carrascas. A medida que se
asciende, las sabinas se hacen cada vez más escasas,
hasta que las encinas se adueñan de la ladera. Para entonces
ya habremos alcanzado la redondeada cumbre del Chaparral, desde
donde se puede contemplar el Alto Lozoya y, en el último
rincón, justo bajo nuestros pies, el bosque de las austeras
y oscuras sabinas.
Desde
aquí, accedemos a la carretera que asciende a los puertos
de Navacerrada, Cotos y Rascafría y, tras cruzarla, atravesamos
una pradera y una pista que nos dará acceso al refugio
del Pingarrón, un excelente punto panorámico desde
el que se domina toda la parte superior del valle de Lozoya.
Aprovechamos una senda para bajar hasta el arroyo de las Guarramillas,
que cruzaremos en las inmediaciones de la Poza de Sócrates,
un agradable manantial con pequeños saltos de agua. Luego
penetramos, en subida gradual por la ladera opuesta, en la zona
del pinar de La Cinta, con numerosos ejemplares centenarios.
Allí
tomamos el ramal de la izquierda, que aborda un drástico
descenso hacia el fondo del valle por una pequeña senda
que atraviesa un bosque de grandes pinos silvestres. Un precario
vado nos permitirá salvar el arroyo de Las Cerradillas
y adentrarnos en el Pinar de los Belgas. Un viejo puente de
madera, el de los Hoyones, salva el paso del río de la
Angostura en un hermoso paraje formado por centenarios ejemplares
de abedul. En un claro del bosque, será posible disfrutar
con el vuelo de los escasos ejemplares de buitre negro, toda
una rareza en la región madrileña. Continuamos
rectos hasta encontrarnos con otro puente antiguo de piedra,
el de la Angostura, en un paraje de hermosas pozas fluviales,
en cuyo entorno crecen algunos tejos y numerosos acebos.
El
camino nos irá llevando por sucesivos parajes ribereños
de gran belleza, en ocasiones con espectaculares enclaves de
alisos, hasta el embalse del Pradillo, una zona de monte bajo
con robledal de melojos. Tras dejarlo atrás, nos topamos
con el trazado histórico del Camino Viejo de Madrid,
que apunta hacia la silueta del monasterio de El Paular entre
una esbelta arboleda centenaria. Cruzamos de nuevo el río
Lozoya por el barroco puente del Perdón, que con sus
tres arcos, sus tres tajamares triangulares y sus balconcillos
voladizos, recuerda al madrileño Puente de Toledo, y,
sin llegar a alcanzar el monasterio, nos adentramos en la frondosa
arboleda en la que se esconde la fuente del Botijo, atávico
punto de reunión y parlamento de los viejos del lugar,
desde la que podremos acceder al pueblo de Rascafría,
punto final de nuestro intrincado itinerario.
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