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Madrid.-
Madrid
Enclavado
en las estribaciones de Somosierra, próximo al nacimiento del
río Jarama, el Hayedo de Montejo constituye uno de los enclaves
más singulares que se pueden visitar en la Comunidad de Madrid.
Bosque de reducidas dimensiones y elevada fragilidad, constituye
el último reducto en el Sistema Central de una vegetación
atlántica en el límite de su distribución geográfica en la península.
El
Hayedo de Montejo es el único bosque de hayas de la región y
también uno de los más meridionales de Europa. Está situado
en una umbría ladera de pendiente moderada que comienza en la
margen derecha del río Jarama, a pocos kilómetros aguas abajo
de su nacimiento. Constituye uno de los ecosistemas más destacables
de la Comunidad de Madrid, ya que representa los restos de la
vegetación caducifolia centroeuropea, que ocupó una superficie
más extensa en el pasado y que, actualmente, sólo algunos lugares
privilegiados como éste pueden mantener por sus particulares
condiciones climáticas. Los hayedos son bosques con características
de otras latitudes y el hecho de que actualmente se conserven
es debido al microclima existente en esta zona, que les es favorable,
puesto que se trata de una ladera umbría con una orientación
capaz de captar las masas de aire húmedo que, en dirección Norte-Sur,
chocan contra la Sierra.
El hayedo está limitado en su parte inferior
por el río Jarama, cuya vegetación de ribera está formada por
brezos, abedules, serbales y cerezos silvestres. En las laderas,
las hayas aparecen formando grupos puros, aunque generalmente
se encuentran mezcladas con roble albar y rebollo, especies
dominantes en otros lugares de la sierra. Otro arbusto característico
del hayedo son los acebos, que aparecen salpicados y sirven
de cobijo y alimento a algunas especies animales, como los jabalíes
y los corzos, y en invierno a aves como la perdíz, el
pito negro, el trepador azul y el agateador común.
En
el Hayedo de Montejo los árboles parecen ser los protagonistas
del otoño, sus hojas se tornan rojizas y, por unos días, se
exhiben en toda su belleza, para después saltar de las ramas
y acariciar el suelo. De finales de octubre a principios de
noviembre, una extensa manta de mullidos colores de tonos corinto
se extiende por las 120 hectáreas protegidas de uno de los hayedos
más famosos de España. Para
disfrutar de su natural belleza lo más conveniente es visitarlo
en las épocas de otoño y primavera, o a principios de verano,
cuando el decaimiento y la eclosión del medio natural aportan
al paisaje tonos y colores inusitados.
Protegido
desde 1974, para visitar el monte de El Chaparral es necesario
solicitar previamente un permiso en Montejo de la Sierra. El
recorrido parte del Jarama, donde se pueden encontrar las especies
botánicas que surgen en el entorno del río: brezos, sauces,
rosales, zarzas, hiedras, helechos...y, tras una bifurcación
del camino, entramos en el bosque de hayas. Pocos
árboles tienen una elegancia tan perfecta: tronco rotundo y
copa armónica en la que ramas y hojas se organizan en capas
horizontales.
Desde
sus perfectas formas estivales, llenas de color y de vida, pasa
a la sabia mezcla de aire y madera en que el duro invierno convierte
la vida latente de sus ramas desnudas. Pero es en otoño cuando
las hayas se muestran más esplendorosas y seductoras. Amarillas,
doradas, algunas todavía verdes, otras anaranjadas, rojizas
o pardas, los colores de sus hojas hacen que destaquen aún más
las cortezas de suave plata. Y abajo, en el suelo, el viento
y la lluvia han tejido un tupido tapiz en el que apenas sobresalen
las raíces, enguantadas con brillantes musgos, y las cabezas
de los corros de hongos.
Pero existe una posibilidad que, sin penetrar en tan privilegiado
entorno, permite disfrutarlo en idéntica medida. Consiste en
recorrer el camino que bordea su ribera oriental desde el otro
lado del puente que pasa sobre el río Jaramilla. El cauce
divide el hayedo en dos, aunque llama la atención que sólo
se encuentren hayas en el margen derecho del río, que bajan
hasta la misma orilla, mientras que la parte izquierda carece
por completo de esta especie arbórea. Separado de tan
aclamado bosque por un hilo de agua, el caminante puede sentarse
sobre una gastada peña y vislumbrar, a través de los
boquetes que se abren en la cerrada hojarasca, algunos de los
más proverbiales rincones del hayedo.
El
primer tramo de la ruta no está demasiado marcado, pero es fácil
seguir su rumbo gracias a las características señales
bicolores de los senderos de gran recorrido. A veces, cruzando
las espesuras del robledo que aquí prospera y, en otras ocasiones,
trepando a las risqueras, se alcanza un destacado cantil, donde
brota la inquieta algarada otoñal de decenas de aves forestales,
una música de fondo para el majestuoso vuelo del águila, que
otea los confines del horizonte colgada de las alturas.
A
escasa distancia y ladera arriba, se alcanza una ancha pista
por la que seguir remontando el cauce. Pronto se cruza el arroyo
del Ermito y un ligero tramo en ascenso, que transita junto
a algunos notables ejemplares de robles, desemboca en una despejada
majada. Allí aguantan los restos de algunos chozos, y, a sus
pies, se encuentra el arroyo del Horcajo. Más allá, el sendero
se hace cada vez menos evidente hasta que los matorrales terminan
por tragárselo, convirtiéndose en un salvaje rincón de
pozas, piedras y saltos de agua cubiertos de robles centenarios.
Es la ocasión perfecta para que el caminante dé
media vuelta de puntillas y comience a desandar todo lo andado.
OTRAS
RUTAS
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