Nuria Valverde Pérez es una historiadora de la ciencia que también ha colaborado en varios proyectos sobre gobernanza de la ciencia. Sus publicaciones más recientes son: Los mundos de la ciencia en la ilustración española (2003) (con Antonio Lafuente) y Actos de precisión. Instrumentos científicos, opinión pública y economía moral en la ilustración española (2007).

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La plaga
01/09/2010 - Nuria Valverde

Al parecer las chinches, después de unos cuarenta años de ausencia, han regresado a nuestras vidas. Es decir, a la de los norteamericanos, los europeos y los australianos. Los científicos no saben por qué se fueron, ni porque han vuelto después de esta travesía en el desierto. Y las oportunistas teorías sobre la oleada de inmigrantes parece no estar justificada. En todo caso, los historiadores han venido a nuestro rescate para ofrecer algunas razones y para reformular el debate sobre si se deben volver a utilizar determinados pesticidas.



La desaparición a finales de los de estos hematófogos – sobre los cuales existen ciertas discrepancias entorno a su papel en la transmisión de enfermedades – coincide con la aparición de una larga serie de trabajos sobre la historia del DDT. Estos trabajos comienzan a aparecer a principios de los años setenta, como efecto del éxito de Carlson Silent Spring, que se había publicado en 1962. Precisamente cuando estos trabajos comienzan a publicarse, se prohíbe el DDT en USA. Europa seguirá el mismo camino a finales de la década: se había disparado un proceso imparable de prohibición a escala global. Para entonces, la población de chinches parecía haber disminuido tanto que era difícil encontrar casos de infestación.


Hasta aproximadamente 1945 el combate químico contra las plagas de chinches tenía dos versiones: la económica consistía básicamente en pulverizar los muebles con keroseno. Esta práctica acababa con el animal adulto y las ninfas, pero no con los huevos. La única manera de acabar con los huevos de las chinches era utilizar gas de ácido cianhídrico  (HCN; un cianuro altamente peligroso). Debía manejarse con cuidado, y no permitía un uso domiciliario continuado, aunque servía para tratar preventivamente los muebles y enseres. A partir de 1945 la comercialización del DDT vino a ofrecer un producto accesible y en principio inocuo que, como el HCN, acababa con los huevos. Diez años más tarde comenzaban a levantarse las voces sobre la resistencia a los insecticidas de estos y otros animales. No obstante, la población de chinches había descendido llamativamente debido al nuevo insecticida (aunque en algunas poblaciones se había registrado un descenso del 80% antes de la aparición del tratamiento con DDT; véase aquí ). Y entre 1970 y 1990 su práctica ausencia hizo que nos olvidásemos de ellas. En los 90, brotes simultáneos de plagas de chinches en diferentes puntos del planeta comenzaron a sembrar la preocupación.


A pesar del descenso de la plaga a partir de los cincuenta, las áreas urbanas más desfavorecidas no se libraron enteramente de ellas.  Entre las causas de este rebrote suelen señalarse el creciente volumen de flujo de inmigrantes y turistas, la resistencia a los insecticidas y el mercado de muebles de segunda mano. No suele prestarse atención a otras causas relacionadas no con factores de transmisión, sino con nuestras formas de combatir estas plagas. Recientemente Dawn D. Biehler, un investigador de la universidad de Maryland, ha conectado precisamente el rebrote con la modificación de pautas de gestión de la vivienda en los EEUU.

 

Según el autor, aquí , los recortes de presupuesto que tras la segunda Guerra Mundial sufren las viviendas de garantía pública – bloques de apartamentos de renta baja, destinados a garantizar la vivienda a las familias más necesitadas y gestionados por autoridades públicas – disminuyeron el compromiso con la calidad y la salubridad de las mismas. Se abarató el diseño, los materiales de construcción y el mantenimiento: las políticas de prevención de plagas – como el tratamiento de los enseres de las familias que se mudaban al inmueble – desaparecieron. A los inquilinos no les quedó más opción que combatir la plaga utilizando insecticidas en su domicilio. Sin embargo, como Biehler señala, los canales de transmisión de plagas en los edificios multivivienda son las canalizaciones de agua, electricidad, calefacción y desagües, así como los intersticios entre paredes medianeras. Al confiar exclusivamente en cada uno de los inquilinos por separado, y en el poder del DDT, las áreas comunes quedaron desprotegidas.

 

Es esta liquidación del interés por el conjunto, por los espacios habitables colectivamente, lo que en definitiva puede ser visto como un detonante, a la vez, del mal uso de los pesticidas – fomentando un uso irracional o poco estratégico – y del rebrote de plagas – que aumentaron su resistencia y siguieron habitando los mismos espacios que solían.