Eva Aguilar es periodista. Su atracción hacia la ciencia empezó a finales de la década de los años 90, cuando trabajaba en el diario La Prensa de Panamá. Tras especializarse en periodismo científico, siguió trabajando como enlace entre el mundo de la investigación científica y el público no especializado. Desde hace varios años trabaja de manera independiente como colaboradora para medios de comunicación tradicionales y portales digitales en Panamá, el Reino Unido y España.
Al salir de la cápsula que lo depositó en tierra después de haber estado 69 días sin ver la luz del sol, el minero chileno Mario Gómez se fue al suelo de rodillas, no porque las piernas le temblaran, sino en un acto de agradecimiento a Dios. Lo mismo hicieron Carlos Mamani y Esteban Rojas, también rescatados esta semana en la mina de San José. Las imágenes que nos trajeron los medios de comunicación mostraban a la mayoría de los hombres emergiendo del fondo de la tierra con camisetas rotuladas con un “¡Gracias Señor!”, que los encargados de mercadeo tuvieron la deferencia de poner también en inglés, “Thank you Lord!”, para que el mundo entero pudiera leerlo.
Chile, como toda América Latina, profesa la fe católica, una práctica espiritual que ha ayudado a los mineros y a sus familias a mantener la esperanza hasta el final. Pero no seré la primera en destacar el uso y abuso que se ha hecho de la palabra “milagro” en el desenlace de esta historia; sin duda el “milagro” conocido más costoso y del que las agradecidas familias ya empiezan a sacar provecho económico.
Por sus connotaciones humanas, la enorme valentía demostrada por los hombres atrapados bajo tierra, su sentido de comunidad y de organización, así como por las rápidas y certeras decisiones tomadas por el gobierno chileno, el rescate de los 33 mineros es ya el acontecimiento del año, superando con creces la tragedia del terremoto de Haití y el derrame de petróleo en el Golfo de México.
Cuando Chile escriba este capítulo de su historia, los académicos no se atreverán a usar palabras tan poco rigurosas como “milagro”, aunque compañerismo, solidaridad, optimismo o liderazgo podrían estar permitidas. Es probable que los libros marquen los más de dos meses transcurridos desde el 5 de agosto, día del accidente, como el inicio de una amplia reforma de la industria minera en Chile. De eso, las futuras generaciones de chilenos entenderán que la odisea de los mineros de San José marcó un antes y un después en la historia laboral de su país.
En ese ejercicio, espero que la historia no olvide incluir el papel determinante que ha tenido el conocimiento, la innovación y el desarrollo tecnológico en el final feliz de esta crónica. Múltiples disciplinas científicas y avances puntuales, producto de años de investigación y experimentación, estuvieron presentes en todo el proceso de rescate: la geología (el conocimiento del terreno en el que se llevarían a cabo las maniobras de excavación), las telecomunicaciones y la tecnología audiovisual (la comunicación constante con los mineros a través de instrumentos conectados con fibra óptica, por ejemplo), la tecnología médica (los signos vitales y el ritmo cardiaco de cada hombre fue monitoreado durante el ascenso), pero sobretodo ha sido un trabajo de ingeniería de alta precisión.
He encontrado en la red críticas de políticos y comentaristas estadounidenses al poco reconocimiento que los medios de comunicación masiva han dado a la NASA por el trabajo de asesoría que prestaron a la armada naval chilena en la fabricación de la cápsula Fénix y sobre la forma en que debían ser tratados y atendidos los mineros. Quejas aparte, efectivamente la NASA respondió al llamado del gobierno chileno enviando al país suramericano un equipo de cuatro hombres: un ingeniero, dos médicos y un psicólogo. No es la primera vez que los resultados del estudio del cuerpo humano sometido a condiciones adversas en el espacio tiene una aplicación práctica en la tierra, pero debería servir para que dejáramos de preguntarnos por qué se gasta tanto dinero en entrenar y enviar astronautas durante tiempos prolongados fuera del planeta. Pues bien, aquí está la respuesta.
A pesar de los continuos reveses que sufren los presupuestos destinados a la ciencia en algunos países, el siglo XXI sigue ostentando el título de “siglo del conocimiento”. ¿La razón? Permítanme explicarlo con un ejemplo: “Érase una vez 33 mineros atrapados en una mina de Chile en pleno desierto de Atacama, que fueron rescatados vivos en una especie de cápsula espacial...”

El ministro de minas de Chile, Laurence Golborne, inspecciona la Fénix 2.
El investigador Koji Eto presentó este martes en Madrid los avances de su investigación con "células reprogramadas".

Fernando Jáuregui

Enrique Dans











