Nuria Valverde Pérez es una historiadora de la ciencia que también ha colaborado en varios proyectos sobre gobernanza de la ciencia. Sus publicaciones más recientes son: Los mundos de la ciencia en la ilustración española (2003) (con Antonio Lafuente) y Actos de precisión. Instrumentos científicos, opinión pública y economía moral en la ilustración española (2007).
Basta con pensar, sin embargo, en los diarios que Raymond Queneau (1903-1976) llevó durante el periodo en que fue movilizado, o en las contradicciones en las que se vio inmerso por entonces el bioquímico Max Perutz (1914-2002), para poner esta imagen en duda. Si el francés iba a desarrollar no sólo sus conocimientos de idiomas, sino a una profunda introspección religiosa y literaria; el austriaco (británico a partir de 1943, cuando en un día se le concede la nacionalidad) ominosamente deportado de Gran Bretaña por sus sospechosos orígenes a un campo de concentración de Canadá, donde organizaría una “universidad”, impartiendo cursos de análisis de vectores, física teórica y análisis de estructuras cristalográficas. Pero también iba a participar en proyectos descabellados o sobremanera inciertos, como, en su caso, el Habakkuk. Hay, pues, maneras de sostener la continuidad de las prácticas del conocimiento; pero las autoridades fomentan una nueva dinámica en la economía del conocimiento específicamente relacionada con el conocimiento científico.
Esta radicalidad un tanto arbitraria, que parecía transitar del cómic a la conferencia parlamentaria, sirvió de guía a las políticas científicas más descabelladas. Y no sólo se produjo entonces. El entusiasmo norteamericanos con el proyecto “Star Wars”, supuestamente destinado a prevenir que los soviéticos pudieran atacar las bases de lanzamiento de misiles-, justificó una inversión formidable para un objetivo que ya estaba cubierto: un submarino atómico norteamericano podría, según Lars-Erik Nelson acabar con la vida normal de la sociedad rusa.
La cuestión es que, una vez planteada la cuestión sobre la pertinencia de dejar sólo en manos de los gobernantes la gestión de las iniciativas científicas, en un contexto en el que la autoridad de la ciencia crece hasta hacer incuestionables las expectativas y proyectos de los científicos, no queda claro que sepamos articular modos eficientes de discriminar el grano de la paja. En un comentario a la obra The Governance of Science: Ideology and the Future of the Open Society (1999). de Steve Fuller (aquí), James Collier hacía notar que los nuevos modelos de republicanismo referidos a la responsabilidad del conocimiento científico se ven obligadas a poner unos límites a las ideas descabelladas, intentando que no se identifique el derecho a experimentar, apostar y explorar con la gratuidad absoluta y el desinterés por los efectos sobre los otros. La cuestión, heredada de unas dinámicas fortalecidas en tiempos de guerra, era para Collier garantizar que la toma de decisiones no se reduce a una práctica basada en aplicar unas reglas del juego que generan vínculos y poder, pero dejan de lado otros intereses colectivos. Una de esas prácticas es la del peer review. Los pares, apuntaba, son “el residuo de la ética científica en tiempos de guerra”. Por decirlo de algún modo, Collier sospecha que no hay genios en la tarea de diseñar políticas científicas, no cabe, pues, pedir esas peras es estos olmos. Se les puede, sin embargo, exigir que eso que se pone en juego cada vez que promueven una idea nueva no sea evaluada, como Fuller sugería, como lo haría un “jugador racional”. Por que ese jugador, visto lo visto en las políticas de la guerra y la posguerra del último siglo, no es “racional” y sus errores pueden llegar a pagarse muy caro. Las polémicas entorno a la gobernanza de la ciencia pueden ser, afirmaba Collier, anacronistas o innovadoras, pero no es fácil distinguir las unas de las otras. En todo caso, si la inteligencia collectiva vale para algo, precisamente en momentos críticos o de particular tensión, ninguna economía del conocimiento debería desplazar sus preferencias hacia una producción poco solidaria, o respetuosa con lo que/quienes les rodean.
El investigador Koji Eto presentó este martes en Madrid los avances de su investigación con "células reprogramadas".

Fernando Jáuregui

Enrique Dans











