Eva Aguilar es periodista. Su atracción hacia la ciencia empezó a finales de la década de los años 90, cuando trabajaba en el diario La Prensa de Panamá. Tras especializarse en periodismo científico, siguió trabajando como enlace entre el mundo de la investigación científica y el público no especializado. Desde hace varios años trabaja de manera independiente como colaboradora para medios de comunicación tradicionales y portales digitales en Panamá, el Reino Unido y España.
La importancia creciente en el escenario geopolítico de países como India y China quedó patente en Copenhague a finales del pasado año. La cumbre sobre el cambio climático se celebró en suelo europeo, pero la vieja Europa se vio relegada a ejercer el papel de mero anfitrión. En su propia casa, tuvo que contemplar perpleja como otros países se sentaban a tomar las decisiones importantes. Entre ellos, como no, Estados Unidos, pero también India y China. La escena resume muy bien hacia donde nos llevará el futuro: una Europa cada vez más débil, y un mundo en el que China se perfila como la principal potencia capaz de contrarrestar la hegemonía estadounidense.
Pero India, y sobre todo China, no son sólo dos gigantes que caminan con paso firme por el sendero político y económico, sino también por el científico. India es el país de las castas y a la vez uno de los mayores exportadores de ordenadores, teléfonos móviles y otros productos de alta tecnología. De igual manera, China no es ya sólo la potencia industrial de chimeneas humantes y fábricas. Las autoridades de Pekín saben que el futuro depende, ahora más que nunca, de una apuesta decidida por la ciencia. Por eso desde hace unos años, el país lleva desarrollando programas para la recuperación del talento científico disperso en el extranjero, y esas medidas están empezando a dar resultados notables.
Después de la política de puertas abiertas que siguió a la revolución cultural de los años 1966-1976, una verdadera hemorragia de talento desangró las universidades y los centros de investigación de China. Muchos científicos emigraron entonces, sobre todo a Estados Unidos. Ahora parece que la historia vuelve atrás. Como parte del esfuerzo de recuperación de científicos, el gobierno chino lanzó a finales del 2008 el programa de los mil talentos, con el que se pretende atraer de vuelta al menos a 2000 talentos emigrados. A los nuevos retornados se les llama las “tortugas marinas”.
Las tortugas están ya produciendo. En poco más de una década la producción científica de China se ha cuadruplicado. Los científicos chinos pasaron de publicar alrededor de 20.000 artículos científicos en el año 1998, a algo más de 120.000 en el 2009. Un crecimiento espectacular que coloca al país asiático como el segundo productor de resultados científicos, después de Estados Unidos. Y si bien la política de recuperación del talento tiene mucho que ver con estos logros, la mayor inversión en ciencia también ha sido clave. Una vez más, las cifras hablan por sí solas. Entre esos mismos años, de 1998 a 2009, el presupuesto que China dedicó a investigación y desarrollo creció a un ritmo anual de casi un 20 por ciento.
Sin embargo, la ciencia china todavía tiene que superar algunos retos importantes. Uno de los más acuciantes tiene que ver con la propia tradición china y un sistema educativo que favorece en exceso la sumisión a la autoridad. Por el contrario, la ciencia precisa y promueve un ambiente de libertad intelectual. Quizás la libertad de pensamiento que ésta requiere termine contagiando a otros ámbitos de la realidad china, y las tortugas marinas, educadas en los usos y las mañas occidentales, se conviertan en los acicates que ayuden a que las libertades políticas lleguen definitivamente al país. El futuro, ese que está ya aquí, pronto lo dirá.
Visitantes del Museo de la Ciencia de Hong Kong observan la exhibición "La primera caminata espacial de China". (Foto AFP)

Silvia Révora

Dolores Padierna

José Luis Sanchís










