Nuria Valverde Pérez es una historiadora de la ciencia que también ha colaborado en varios proyectos sobre gobernanza de la ciencia. Sus publicaciones más recientes son: Los mundos de la ciencia en la ilustración española (2003) (con Antonio Lafuente) y Actos de precisión. Instrumentos científicos, opinión pública y economía moral en la ilustración española (2007).
El siglo XVIII utilizó ambas estrategias en igual medida, aunque no confiaba en ambas por igual. Exactamente igual que hoy, la presencia de grandes técnicos, teóricos e inventores en un país no era garantía de que la educación fuese buena. Como diría Jorge Juan cuando se le pidió consejo sobre si llevar a cabo una política sostenida de envío de becarios a Inglaterra: “los maestros públicos ingleses son como los maestros de España” -es decir, a su juicio, mediocres- “y los doctos de la Sociedad [Royal Society] no se dedican a enseñar, y aún estos son muy raros, pues no todos los días se encuentran Newtones”. Parecía más acertado seleccionar a alguien con conocimiento probado que aceptase a trasladarse a un nuevo país. Y de hecho esta política fue sistemática en países que, como la Rusia de Pedro el Grande, querían experimentar una puesta al día rápida. Era efectiva, además, cuando se pretendía reforzar una determinada rama industrial. Seducir a los relojeros suizos para que implantaran sus métodos y conocimientos en el país fue una práctica llevada a cabo por casi todos los países, Francia incluida.
Pero la estrategia tenía sus desventajas. El desconocimiento del entorno hacía que muchas veces la empresa de transferencia fracasase. Particularmente si lo que se tenía que transferir no era conocimiento teórico sino aplicado. Y un conocimiento que venía a sustituir formas ya asentadas de producirlo. Entre otras, la experimental. Artesanos de distinta índole tenían que manejar hongos, nuevos materiales, substancias químicas y aires tóxicos. Conocían los efectos de cada una de ellas y exploraban sistemas de prevención. Los filósofos naturales de los siglos XVIII y XIX aprovecharon ese conocimiento. De hecho, parte del acervo de la cultura experimental que permitió el desarrollo de la industrialización procedía básicamente de un movimiento de apropiación del conocimiento y los métodos desarrollados en los talleres. Pero incluso entonces, como señala Larry Stewart en su artículo “Assistants to Enlightenment: William Lewis, Alexander Chisholm and Invisible Technicians in the Industrial Revolution” (2008), su papel careció del necesario reconocimiento.
Para los comerciantes era algo evidente que los descubrimientos realizados por los técnicos y artesanos afectaban, la mayor parte de las veces, a más de un oficio. La fijación de determinados colores podía interesar a los maestros vidrieros, pero también a los esmaltadores y pintores de porcelana. Progresivamente también los artesanos comenzaron a ver la necesidad de establecer redes entre ellos que les ahorrasen el trabajo de repetir experimentos y les procurasen información que les permitiera mejorar sus negocios. En principio los filósofos eran reacios a estas sinergias, sobre todo en la medida en que implicaban la idea de sacar beneficio económico de ellas. Sin embargo, se aprovechaban de ellas a través de los asistentes de laboratorio que contrataban. Dichos asistentes solían proceder precisamente de este entorno más artesanal e industrial. Y orientaban la investigación según las posibilidades del mercado de conocimiento artesanal. Las soluciones a los problemas que aún hoy constituyen los hitos de la historia de la ciencia tal como se narra en los libros de texto, raramente eran soluciones procedentes de un cerebro genial. La mayor parte de las veces, sin embargo, dado que dichos asistentes eran vistos como meros criados, los gentlemen que asumían el papel de filósofos naturales no se sentían obligados a reconocer su aportación a la investigación.
Paradójicamente, este desprecio hacia el conocimiento artesanal podía inducir a un desarrollo más lento de algunas disciplinas que florecían en sus ramas industriales: los químicos, por ejemplo, no querían ser confundidos con los maestros artesanos. Y justo en el momento en que la barrera entre ambas figuras se hizo más borrosa, los químicos académicos consiguieron que, de una vez por todas, todo aquel saber industrial pasase a ser considerado exclusivamente de su competencia. Con este movimento, la transferencia tendió a concebirse en términos exclusivamente de docencia, y de transferencia en el espacio académico. El precio de este olvido doble -olvido de los orígenes y olvido de las capacidades de quienes nos rodean- fue una sublimación del discurso científico que algunas veces nos ha llevado a lugares a los que no era necesario ir.
Félix Rodríguez de la Fuente sigue siendo el divulgador de la naturaleza que más impacto ha causado en España, especialmente, con la serie El hombre y la Tierra.

Las sociedades de insectos están muy lejos de ser los modelos de cooperación y altruismo que aparentan.

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