
BERMEJO BERRERA, José C.
Ciencia, Ideología y Mercado. La ciencia real
Madrid: Akal, 2006, 80 pp.
Estamos acostumbrados a escuchar reflexiones sobre la situación de la ciencia a través de las gargantas interesadas de los políticos o desde los sillones acomodados de los diferentes cargos subalternos de cualquier administración. Cualquiera de ellos suele recurrir a un mundo panglossiano donde la ciencia es un mundo ideal, apolítico, objetivo, de donde parte el futuro de Occidente y en el que los problemas son menores o incluso que
no existen. Cuestiones como la fuga de cerebros, la relación con la sociedad o el funcionamiento caciquil y endogámico de las universidades nunca son objeto de reflexión; todo se reduce a la utilización de una metanarración donde juegan un papel determinante términos como innovación, I+D, emprendimiento, progreso, patrimonio, etc. En ese sentido, recientemente he podido escuchar en un foro público por un cargo medio de una administración que en los próximos años ningún investigador se quedará “sin una oportunidad”. Escuchar perlas como esa hace todavía más profunda la brecha existente entre el mundo real y el oficial de la ciencia. Así mientras unos mastican a dos carrillos las excelencias de la investigación otros sufren las consecuencias
de no ser más que mano de obra barata para contribuir a los grandes datos que muestran los políticos. De esta forma, la división de clases en la ciencia cada vez es más evidente entre unos pocos instalados y todo un ejército de investigadores despreciados, mal pagados y obviados por ese mundo oficial tan idílico. De esta forma se entienden las diferentes protestas de los llamados precarios (y los diversos manifiestos y desánimos de muchos investigadores con cierta edad a los que les sigue siendo negado todo tanto a nivel de plazas y contratos como en relación a la mínima ayuda en las diferentes convocatorias públicas de proyectos, estancias, etc., en las que no existen para nada. Lo peor de todo es que lentamente ese ejército de investigadores desheredados se dan cuenta que no necesitan para nada a ese mundo oficial, puesto que prefieren quedarse con
su dignidad que seguir siendo explotados y utilizados por el mundo oficial, que sí que los necesita y mucho, sobre todo para hinchar las diferentes estadísticas de publicaciones, artículos, estancias, etc.
Dejando de lado toda la parte reivindicativa de los investigadores explotados y su situación, es muy inusual encontrarse con críticas a la ciencia oficial desde dentro, es decir, desde la excelencia de un catedrático de universidad totalmente instalado y que forma parte regularmente de comités, proyectos, tesis, libros y publicaciones en las revistas más prestigiosas a nivel mundial. El libro Ciencia, ideología y mercado del profesor Bermejo1 responde a estas características y aporta una feroz crítica tanto a la ciencia en sí como a su relación con la sociedad. El libro debiera de ser de obligada lectura para todo ese político que habla de la ciencia desde las comodidades del coche oficial con el objetivo de que se enterase, si es capaz de leerlo, de cómo es el mundo de la ciencia por dentro.
Dentro de las grandes virtudes del libro está la de establecer una relación muy directa entre la ciencia actual y el ultraliberalismo de mercado (lo que algunos vulgarmente llaman neoliberalismo) con lo que establece un puente que han querido evitar la mayoría de los políticos y de los investigadores. Y ya sólo por la denuncia de esa relación y por el atrevimiento a revelarla ya está justificada la edición de este trabajo. Los hilos que vinculan la actual ciencia con el llamado pensamiento único aparecen totalmente explicitados en
el libro de Bermejo, quien explica que la creencia conocimiento científico forma parte de ese pensamiento único liberal nacido al amparo de las políticas liberales desde los años 80. “La implantación del pensamiento único y la ideología neoliberal posee un claro sentido conservador y, como es lógico en este tipo de ensamiento, lleva consigo una cierta postura panglossiana, de acuerdo con la cual vivimos en el mejor de los mundos posibles”, escribe Bermejo, quien explica que los científicos no son conscientes de las limitaciones del propio pensamiento científico ya que piensan que todo lo que es posible ya se ha hecho efectivo o real. Esto lleva, evidentemente, a que estos científicos se identifiquen con el sistema político y económico vigente.
Una vez aclaro el marco histórico-político del libro, pasemos a pormenorizar su contenido conceptual y su estrategia explicativa. En este sentido es totalmente sugestivo el enfoque y las fuentes que utiliza el profesor Bermejo para la elaboración de los tres capítulos del libro. Nos encontramos ante una mente totalmente privilegiada que tanto recurre a filósofos o sociólogos de la ciencia como Kuhn o Bourdieu, que los usa complementariamente y no en oposición, como a cuestiones de ciencia pura, de historia de las ideas, de filosofía, de historia, de política, de filosofía política y de historia inmediata, en un orden y con una jerarquía que llevan a un análisis totalmente excepcional. El libro está dividido en tres capítulos en los cuales se encuentran críticas valientes, audaces e inusuales en un profesor insertado en el sistema académico. De tal forma, podemos encontrar en la publicación las fáciles relaciones que establecen los políticos y muchos
científicos entre dinero y conocimiento, la utilización interesada de nuestro legado cultural con el alzamiento hasta límites todavía no conocidos de la palabra patrimonio (que ha sustituido a cultura, civilización, etc.) y una denuncia metodológica muy pertinente como es la necesidad del estudio conjunto del espacio y el tiempo, donde podemos leer una estimulante crítica a la tesis de los tres tiempos braudelianos, teoría que se ha acabado por apagar de tanto interés en sacarle brillo.
La clave de todo esto es la idea de que las funciones de investigación y docencia deben de estar regidas por la idea de rentabilidad y por la de capacidad de innovación tecnológica, donde la transferencia tecnológica a
la sociedad (es decir la capacidad de crear empresas por parte de los grupos de investigación) acabaría sustituyendo a la idea misma de ciencia. Esto daría lugar a una defensa, quizá inconsciente, de la ideología
de mercado neoliberal y la autojustificación de la formación de determinadas comunidades científicas. Sólo así es entendible la situación actual de la ciencia donde la Universidad produce la mayoría del conocimiento
científico gracias a su financiación por parte del Estado, y cómo a pesar de ser así, la Universidad y el Estado tienen que pagar dos veces la producción de ese conocimiento: una, cuando se elabora en los departamentos y otra cuando compra las revistas en las que son publicados los resultados de las diferentes investigaciones.
¿Qué significa esto? Que la Universidades no reúnen la suficiente excelencia para publicar los resultados de sus investigaciones y lo que es peor, tiene que prestar sus investigadores a los diferentes editores de revistas para que ejerzan de supuestos referees, al igual que sus investigaciones y los nombres de las Universidades, etc. Esta privatización del conocimiento y su consiguiente funcionamiento es una de las grandes carencias de la ciencia natural moderna, como han denunciado algunos autores como Claudio Canaparo2, quien ha demostrado en un amplio trabajo cómo los grandes grupos editoriales de revistas científicas llegar a condicionar el tipo de ciencia que se escribe y las líneas de investigación prioritarias, es decir, la relación entre ciencia, mercado y universidad, que denuncia el profesor Bermejo.
“La existencia de la propia institución académica y de las comunidades científicas favorecen la producción del conocimiento científico. Sin embargo, también la impide, en tanto que ambas instituciones exigen la adaptación a unos patrones de conducta y a unas formas de expresión y de pensamiento que pueden estar, o no dictadas por la naturaleza del objeto que se estudia”, señala Bermejo, que subraya la idea de que la comunidad científica somete sus intereses a las empresas o a aquellos organismos públicos encargados de la financiación de la investigación, aunque a pesar de todo esto no es imposible establecer una correlación entre conocimiento y dinero porque el primero, a pesar de los evaluadores, no es cuantificable y el segundo sí lo es3. En cuanto a la cuestión del patrimonio, Bermejo denuncia los excesos realizados en favor de esa palabra y cómo se ha reducido todo lo relacionado con la cultural, el turismo, etc. a ese término, que a la vez ha ayudado a la sustitución de la idea de hombres ciudadanos por la de hombres consumidores tan defendida por el liberalismo
de mercado radical. El resultado de todo ello es la conformación de la “historia basura”, que podemos detectar en cientos de exposiciones, excavaciones y creaciones culturales relacionadas con el patrimonio.
En definitiva, tal y como señala Bermejo la ciencia debe estar regida por criterios de tipo político y moral así como por la búsqueda del propio conocimiento, que es un valor en sí, y eso es lo que han intentado
sustituir todos estos tecnócratas y cienciómetras, quienes han intentado sustituir conocimiento por dinero y ciencia por mercado con un éxito notable, y logrando formar parte de esa gran religión que es la del pensamiento único, en la que aunque no se crea se puede formar parte de ella como miembro de un grupo de investigación insertado en una comunidad científica. ¿Alguien antes se había atrevido a denunciarlo de forma tan clara?
NOTAS
1 Que en el mismo año ha editado también Bermejo, José C., Sobre la historia considerada como poesía, Akal, Madrid, 2006.
2 Canaparo, Claudio, Ciencia y escritura. Una historia retórica e intelectual de Nature 1869-1999. La Naturelización del pensamiento científico, Zibaldone, Buenos Aires, 2003.
3 El profesor Bermejo ha complementado posteriormente estas reflexiones con nuevos trabajos que se pueden seguir en la página para la defensa de la Universidad Pública: http://firgoa.usc.es.
Por Israel Sanmartín
(Universidad de Santiago de Compostela
isanmaba@usc.es)
*http://arbor.revistas.csic.es/index.php/arbor/article/viewFile/144/144

Silvia Révora

Dolores Padierna

José Luis Sanchís










