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Un nuevo modelo para formar verdaderos investigadores
Rodolfo Tecchi

Durante mucho tiempo, se señaló que la emigración de jóvenes científicos al exterior se debía, en gran medida, a las escasas perspectivas de desarrollo que ofrecía nuestro país, a los bajos salarios, y, en general, al desinterés del Estado por promover estas actividades.
                                        
Si bien esta explicación no es incorrecta, quizá no abarque todos los aspectos que estimularon esta migración.  Existe un fenómeno que es necesario reconocer para enfocar adecuadamente las soluciones. Es el que se refiere a cuál era el modelo de investigador científico que se promovió en las universidades durante décadas.

Así es que, entre otras consecuencias, el ataque a las universidades coronado por la “noche de los bastones largos”, en los ’60, bajo el gobierno de Onganía, abortó el sueño de un proyecto de construcción de una ciencia nacional autónoma, que predominaba en los claustros de nuestras principales Facultades de ciencias y que lideraban académicos como Rolando García, Amílcar Herrera, Manuel Sadosky y tantos otros.

A partir de entonces, el modelo económico y político dependiente, que durante tantos años se instauró en el país, también se filtró en las universidades públicas que permanecieron intervenidas.

El valor de un científico formado en nuestro país, con excelencia, pero que no se realizaba plenamente hasta no emigrar a prestigiosos centros de Europa o los Estados Unidos, era el que se impartía en la mayoría de las aulas y laboratorios. Incluso, más allá de las cuestiones económicas o salariales, desde los ’70 y hasta entrado este siglo, en general, se promovió en las universidades esa tendencia a la emigración hacia instituciones de los países industrializados.

Así como, por ejemplo, en biología, se formaban profesionales con la concepción neodarwinista de la evolución de la vida, también se asumía que la búsqueda de oportunidades en el exterior, para poder desempeñarse en grupos de primer nivel internacional, era la manera de alcanzar una adecuada realización. Encuestas que se hicieron a fines de los ’90 daban cuenta de que más de la mitad de los becarios y doctorandos argentinos en los Estados Unidos manifestaban la voluntad de radicarse definitivamente allá.

Así fue como muchos investigadores argentinos pudieron realizar carreras brillantes en el plano internacional. Otros, en cambio, fueron destinados por aquellos centros científicos donde se desempeñaban a líneas de trabajo con pocas probabilidades de alcanzar resultados trascendentes, y por lo tanto, no lograron mayor repercusión.
En la actualidad, el Estado ha asumido políticas importantes para alentar el retorno de investigadores argentinos que se encontraban trabajando en el extranjero, para desempeñarse en instituciones científicas y académicas de todo el país. Hay una amplia coincidencia de que estos programas de reinserción alcanzan resultados aun más alentadores que los esperados. Estos planes deben mantenerse e incluso ampliarse.

Pero queda pendiente, todavía, un debate en las universidades acerca de cuál es el nuevo modelo de investigador que debe promoverse. Se espera que se fomente la imagen de un joven profesional que siente que el país lo necesita, que debe ejercer el derecho a exigir un mejoramiento continuo de las condiciones para realizar actividades científicas en lo que respecta a presupuestos, equipamiento e instalaciones, y que debe ser permeable a las necesidades de desarrollo que la comunidad espera que se satisfagan con su labor.

En definitiva, un modelo de investigador que, más allá de que realice parte de su carrera en el extranjero, porque es pertinente y oportuno que se perfeccione y esté actualizado, nunca pierda de vista su pertenencia a un sistema científico argentino que necesitará sus aportes, sus ideas y su capacidad para formar nuevas generaciones con vocación por la ciencia y la tecnología.

 

Por Rodolfo Tecchi
Biólogo. Miembro del Directorio de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Docente de la UNSAM.