Eva Aguilar es periodista. Su atracción hacia la ciencia empezó a finales de la década de los años 90, cuando trabajaba en el diario La Prensa de Panamá. Tras especializarse en periodismo científico, siguió trabajando como enlace entre el mundo de la investigación científica y el público no especializado. Desde hace varios años trabaja de manera independiente como colaboradora para medios de comunicación tradicionales y portales digitales en Panamá, el Reino Unido y España.
A la hora de desprendernos de bienes que puedan beneficiar a los demás, los seres humanos aún somos extremadamente quisquillosos cuando se trata de nuestro propio organismo. Es mucho más fácil hacer una donación mensual a la Cruz Roja para ayudar a las víctimas de desastres naturales, o a la WWF para salvar a los osos panda de China, que dejar dicho en el testamento que nuestros órganos vitales pueden ser donados a personas que, en caso de nuestra muerte inminente, sin duda le sacarán mucho más provecho. En la mente de muchos seguramente vive la idea conspirativa, alimentada por la ficción, de que alguien planeará nuestra muerte o nos dejará morir con el único propósito de arrancarnos el corazón para dárselo a otro. De allí probablemente las largas listas de espera para recibir una donación de riñón y las escasas existencias de material en los bancos de córneas.
Por supuesto el problema de no poder contar con un mayor número de experiencias exitosas a la hora de hablar de donaciones de órganos y tejido humano no es únicamente nuestra falta de generosidad, sino el hecho de que el cuerpo tiende a rechazar todo aquello que no puede identificar como suyo, y los mecanismos de inmunosupresión son arriesgados y no siempre garantía de éxito. Para resolver ambos problemas, hace ya tiempo que la ciencia y la medicina decidieron buscar vías alternas y poner a trabajar en el laboratorio los mecanismos naturales que el cuerpo utiliza para producir los tejidos y las sustancias de las que todos estamos hechos.
Y así, mientras esperamos a que las células madre revelen todo su potencial, noticias de progreso llegan por otras fuentes. Científicos de Canadá y Suecia acaban de publicar los resultados de un estudio clínico llevado a cabo durante dos años, con el que han logrado probar la eficacia de córneas biosintéticas implantadas en pacientes con problemas de visión. Como sabemos, la córnea es esa fina capa transparente hecha principalmente de colágeno que recubre el ojo y que permite el paso de la luz. Los daños y enfermedades que afectan la córnea son la causa más común de ceguera en el mundo y hoy en día millones de personas se encuentran a la espera de un transplante.
Para realizar la prueba clínica, los investigadores utilizaron colágeno humano producido en el laboratorio, al que dieron la forma de la córnea. Luego lo implantaron en el ojo de los pacientes, para comprobar más tarde que células y nervios habían crecido dentro del implante, formándose una córnea regenerada que parecía estar perfectamente saludable. Ahora bien, ¿cómo se produce el colágeno que se ha estado utilizando para fabricar córneas sintéticas? Esa es la parte más bonita de la historia.
Como decíamos antes, los laboratorios han buscado formas alternas de producir a gran escala sustancias generadas de manera natural por el cuerpo humano. Y desde hace ya varios años, una empresa en particular produce colágeno humano utilizando una fábrica de producción muy barata: una levadura llamada Pichia pastoris.
Las levaduras son organismos unicelulares muy utilizados por los investigadores como sistemas de expresión o producción de proteínas porque funcionan igual que las células humanas. La Pichia pastoris no produce colágeno por sí sola, pero es muy eficiente a la hora de fabricar esta proteína a partir de las órdenes dadas por material genético humano que se le introduce de manera artificial. Entre las propiedades que hacen a P. pastoris particularmente conveniente para esta tarea es que se reproduce en grandes cantidades en muy poco tiempo y no necesita demasiado alimento.
La generosidad a la hora de donar nuestras córneas todavía se agradece. Pero si usted, como yo, ha perdido el carné que lo identifica como donador, no se preocupe demasiado. Quizás en unos cuantos años nuestros buenos gestos ya no sean necesarios.

May Griffith, investigadora del Instituto de Investigación del Hospital de Ottawa (Canadá), muestra una córnea biosintética, que puede ser utilizada para reparar daños y recuperar la visión del paciente. (Foto: Cortesía del Instituto de Investigación de Otawa/Science Translational Medicine)

Silvia Révora

Dolores Padierna

José Luis Sanchís










