
En este libro, 'Existe el método científico', el doctor Ruy Pérez Tamayo emprende una tarea de dimensiones tan vastas que da cierto vértigo enunciarla: examinar la evolución histórica que ha tenido el ser humano acerca del método científico a lo largo de un periodo que cubre la friolera de 25 siglos. Por “método científico” –explica el autor– “entiendo la suma de los principios teóricos, las reglas de conducta y las operaciones mentales y manuales que han venido utilizando los hombres de ciencia para generar conocimientos científicos”.
El estudio del método científico ha merecido especial atención por diversos personajes a lo largo de la historia del pensamiento filosófico. A su vez, dos maneras de abordar dicho estudio han sido recurrentes. Así, se ha mostrado un seguimiento en torno a las ideas científicas desde una perspectiva histórica y, por otro lado, se ha dejado el historicismo a un lado para confinarse de manera directa sobre las teorías propuestas. Sea cual sea la alternativa que se elija, las dos anteriores representan un enfoque satisfactorio al momento de estudiar la ciencia.
En el siguiente escrito adoptaré una posición no historicista, y mucho menos teorizante. Antes bien, me dirigiré hacia el intento de respuesta a una pregunta central: ¿Es útil al científico la filosofía de la ciencia? Interrogante éste ya planteado por Tamayo en su libro ¿Existe el Método Científico?[1] Así, la parte interpretativa mía estará dirigida en procura de aclarar el papel de la Filosofía de la Ciencia frente a la Ciencia misma.
1. La existencia del método científico: lo que no entra en discusión (o en contra del “anarquismo” de Feyerabend)
La pregunta por la existencia del método científico pareciera, de antemano, estar mal formulada. Lo interesante es cuestionarse por la naturaleza con la que dicho método cuenta; Le cuestionaré por los procesos seguidos, así como por los principios adoptados por el científico al momento de desarrollar una investigación. Sin embargo, en este primer apartado me detendré no tanto en la naturaleza del método científico sino en considerar por qué el anarquismo metodológico presentado por Feyerabend se hace insostenible dentro de la discusión del papel de la Filosofía frente a la Ciencia.
Si asumimos que dentro de una discusión filosófica lo interesante frente al tema del conocimiento científico vendría a descansar en el intento por determinar la naturaleza y los alcances del método científico, no lo es menos el intento por aclarar aquello que por método debería entenderse. A este respecto, Tamayo es directo, claro y breve en su apreciación: “por método científico entiendo la suma de los principios teóricos, de las reglas de conducta y de las operaciones mentales y manuales que usaron en el pasado y hoy siguen usando los hombres de ciencia para generar nuevos conocimientos científicos”[2].
Que existe un método en ciencia es algo evidente de suyo; para sostener esto basta con apoyarnos en la historia misma de las ideas científicas; ideas éstas que han logrado plasmarse dentro de un hábeas de escritos que abarcan los asuntos más simples y básicos con los que se dio inicio a la llamada Filosofía de la Ciencia, hasta los estudios más densos realizados en la Época Contemporánea.
Pero si quisiéramos sostener de una manera más directa la existencia de un método científico podríamos afirmar que la ciencia existe gracias al método (sea éste el que fuese). Sin embargo, la pregunta determinante dentro del contexto en el que nos ubicamos no es si existe o no un(os) método(s) al momento de hacer ciencia. Lo que asumimos, en primera instancia, es que tal método existe necesariamente puesto que la ciencia ha prevalecido, y esto no sería posible sin el papel desarrollado por método alguno. En otros términos, la ciencia es posible o ha sido posible gracias a la prevalencia de su regulador primario, el método.
Así pues, dar comienzo a un estudio sobre el método científico supondría sostener, como punto de partida, su existencia, y por tanto, oponerse a la idea de que la historia de la ciencia no ha mostrado un conjunto de reglas teóricas o prácticas que se sigan. Bajo este orden de ideas, propiciar por un anarquismo metodológico a ultranza a lo Feyerabend sería sostener de entrada una actitud opuesta a toda actitud científica.
Podríamos afirmar entonces sin temor alguno a equivocarnos, que la ciencia no es más que el conjunto de procedimientos que, sumado a un andamiaje teórico, pretende una mejor comprensión de los hechos. Frente a esto, un anarquismo tan fuerte como el sostenido por Feyerabend atenta contra la naturaleza misma de la ciencia. Tal vez frente a este aspecto, se haría más sostenible la corriente anarquista débil y que Tamayo señala en los siguientes términos: “si bien en el pasado pudo haber habido un método científico, su ausencia actual se debe al crecimiento progresivo y a la variedad de las ciencias, lo que ha determinado que hoy existan no uno sino muchos métodos científicos”[3]. Lo anterior nos sirve de enlace para lo que nos interesa tratar a continuación.
2. ¿Singularidad o pluralidad metodológica?
Como bien lo intentamos mostrar anteriormente, la tesis anarquista débil tiende a ser considerable puesto que nos ofrece una posición más accesible a lo ocurrido en ciencia en cuanto a método se refiere. Esto es, dado que existen, y han existido muchos métodos, se hace insostenible hablar de la prevalencia de un método único[4] cuando se cuenta con una pluralidad de éstos. Nosotros conocemos (y Tamayo mismo lo ha señalado) la existencia de múltiples métodos (por ejemplo, el método inductivo-deductivo, el método a priori-deductivo, el método hipotético deductivo, etc.), a los que habría que sumarle la proliferación y separación de las ciencias con respecto a sus objetos de estudio[5].
Puesta la discusión en estos términos, contamos con dos opciones: abogar por la multiplicidad, o por el contrario, la existencia de un método único. Ya hemos dicho que esta última opción es descartable de entrada por razones válidas y que han sido señaladas en el libro que tratamos; entre otras: la heterogeneidad y complejidad de la ciencia contemporánea, la naturaleza no cuantitativa o matemática de conceptos que imposibilita el reduccionismo y el surgimiento de las llamadas ciencias humanas. Todo esto tomado bien en conjunto o de manera singular, conduce hacia el impedimento por sostener un método único en ciencia. Pareciera entonces más factible hablar no del método único sino de métodos, dada la pluralidad de ciencias.
Por lo pronto, creo que no nos queda difícil admitir que la ciencia ha cambiado, y lo ha hecho de una manera tal que en su interior se exige la independencia de saberes y procedimientos con el fin de desarrollar investigaciones mucho más completas de los diferentes objetos de estudio. Así, el progreso en el ámbito científico parece medirse no tanto por la cantidad de saberes que se puedan acumular sino por la información completa que pueda tenerse de un objeto. En últimas, parecería que la calidad investigativa se encuentra en una relación directamente proporcional a la calidad de la información que sobre un área u objeto específico del conocimiento se pueda obtener.
Dado lo anterior una cosa es clara; la ciencia es dinámica, y ello nos exige referirnos a ella en plural; razón misma ésta por la que se nos exige sostener la pluralidad metodológica.
3. Ciencia y Filosofía de la ciencia
Habiendo visto el concepto de método científico y la necesidad de éste para la existencia de la ciencia, nos corresponde ahora indagar por el concepto de Filosofía de la Ciencia con el fin de entablar las relaciones que ésta podría tener con la ciencia misma[6]. ¿Cuál sería entonces una definición apropiada de lo que debería entenderse por Filosofía de la Ciencia? Para esto, deberíamos contar de antemano con un concepto aproximatorio de lo que entendemos por ciencia para luego definir en qué consistiría su Filosofía. Así, uno podría afirmar intuitivamente que la ciencia es aquel estudio que se encarga de la explicación de los hechos.
Pero mientras esto ocurre en ciencia, en Filosofía de la Ciencia se lleva a cabo el análisis no ya de los fenómenos o eventos ocurridos, sino de los procedimientos, así como de la lógica empleada por el científico en su labor. Mientras el científico trabaja sobre la naturaleza, el filósofo dirige su mirada hacia lo desarrollado por el científico. Desde esta perspectiva, vemos cómo el trabajo del filósofo de la ciencia es algo a posteriori al trabajo realizado por el científico.
Adicional a lo anterior, la relación entre Ciencia y Filosofía de la Ciencia respecto a la especificidad de sus tareas podría detallarse aún más. Bien podríamos afirmar que la Filosofía de la Ciencia constituye un estudio un poco más complejo que el de la Ciencia misma, por cuanto aquella se encarga del análisis de los procedimientos empleados por el científico. El filósofo de la ciencia se encarga de estudiar la lógica empleada en la investigación científica. Su labor, en últimas, descansa en la descripción de los procesos científicos. El científico, por su parte, hace uso de un sistema para con éste lograr explicaciones de un fenómeno o evento, es decir, se encarga de una descripción y explicación de los hechos. Mientras el científico hace y construye ciencia, el filósofo deshace y analiza ésta en sus elementos constitutivos para indagar por la operatividad así como por su funcionamiento interno.
Vista así la labor ejercida por el filósofo de la ciencia, éste podría llegar a dos resultados:
a) A un descubrimiento de cómo se ha hecho ciencia a lo largo de la historia.
b) A que proponga cómo debería hacerse la ciencia.
La primera opción sería tolerable para el hombre de ciencia. Correspondería al punto de llegada de lo que se conoce como historia de la metodología científica. Sin embargo, la segunda no sería algo aceptado por un científico, pues indicaría algo mucho más prescriptivo, cuestión ésta que supondría cierta autoridad de la Filosofía sobre la Ciencia como para que aquella se sintiese capacitada en el señalamiento de las fallas, alcances y limitaciones de ésta, y pretender con ello mejores resultados.
Esto último, por supuesto, parecería acarrear serias dificultades a los científicos. Éstos abogarían por la autonomía e independencia entre los respectivos campos de estudio; es decir, abogarían porque los científicos hagan ciencia y los filósofos Filosofía. Queda entonces la dificultad de definir cuál sería el papel del filósofo de la ciencia frente a la ciencia misma, (si es que lo hay) o si, por el contrario, dicho papel no pasa de ser una simple excusa para dar cabida al discurso filosófico dentro del contexto científico.
4. ¿Le es útil al científico la Filosofía de la Ciencia?
Cualesquiera que fueran los resultados emitidos por el filósofo de la ciencia respecto a cómo ésta se realiza, pareciera que tales no cobran importancia para el científico.
En el contraste que Tamayo hace de dos escritos a propósito de este tema, el primero, que lleva por título En dónde se ha equivocado la ciencia se llega a la siguiente conclusión: “el conocimiento de la filosofía de la ciencia, y en especial del método científico, resulta benéfico para los investigadores, en vista de que se encuentran más capacitados para hacer ‘nuevos descubrimientos y lograr aplicaciones benéficas’”[7].
Como es apenas obvio, encontramos en ésta, una posición optimista frente a las utilidades que pareciera brindar la Filosofía hacia la Ciencia. Según esta postura, la importancia de la Filosofía para la Ciencia deriva de los resultados emitidos por ésta; es decir, la capacidad de nuevos descubrimientos, así como el mejoramiento de los procesos seguidos, para tal fin, cuestión que se traduciría, en último término, en calidad investigativa.
Por su parte, en el otro artículo analizado, cuyo autor es Rosenblueth, se concluye que: “la mayoría de las personas que se dedican a la investigación científica y que contribuyen al desarrollo y progreso de la disciplina que cultivan, no podrían formular con precisión su concepto de lo que es la ciencia, ni fijar los propósitos que persiguen, ni detallar los métodos que emplean en sus estudios, ni justificar dichos métodos”[8].
Aunque Tamayo tiende a identificar la primera posición como una hipótesis, y la segunda como un hecho histórico, podríamos acentuar la abismal diferencia entre ambas posturas, sosteniendo que la primera corresponde a una fuerte posición optimista metodológica, mientras que la segunda favorece una posición mucho más realista.
Personalmente no me atrevería a afirmar con seguridad si la Filosofía de la Ciencia haría a los científicos mejores investigadores. De lo que sí estoy seguro es que las problemáticas filosóficas planteadas dentro de la esfera científica generarían para el científico más problemas que los que éste, dentro de su labor posee, pues ello implicaría que de manera adicional a sus investigaciones tendría que dar cabida a tratar los asuntos propuestos por la Filosofía, cuestión ésta que, en vez de potencializar, posiblemente entorpecería su labor.
Tal parecería que la Filosofía de la Ciencia traería mucho más beneficios hacia la Filosofía misma. Es más la ganancia que la Filosofía podría extraer para sí a partir de un estudio pormenorizado de los procedimientos científicos, ya que su campo de acción se vería extendido hacia la reflexión de cuestiones de índole más práctico.
Ciertamente la tensión entre Filosofía y Ciencia es notable. Pero posiblemente el problema no lo es tanto entre la Filosofía y la Ciencia sino los prejuicios generados al interior de los filósofos y los científicos. Se podría sospechar que dicha tensión viene de la escisión entre ambos campos del saber y que constituían la llamada Filosofía Natural en el siglo XVII.
De todos modos, y con absoluta franqueza, se tendría que sostener que si de mejorar la calidad investigativa se trata, entonces habría que dejar a los científicos trabajar como científicos (que sí son), y a los filósofos como filósofos, en su calidad de hombre de ciencia, posiblemente seguirá su rumbo sin darle oportunidad a la Filosofía para que se involucre en su terreno. Quizás aquellos quienes nos interesamos por el estudio de las relaciones entre Ciencia y Filosofía extrañamos con nostalgia la Filosofía Natural del XVII.
Notas
[1] Cfr. TAMAYO, Pérez Ruy. (1998) ¿Existe el Método Científico? Historia y realidad. Fondo de Cultura Económica. México. P. 265.
[2] Ibíd., p. 253. Ahora, si nos fijamos en la etimología de la palabra método, encontramos en esta una alusión directa y definitoria de lo que por éste debería entenderse: meqodos: “camino hacia algo. Como sostiene Ferrater Mora en su Diccionario de Filosofía. (1994). Barcelona: Ariel, Tomo III: “Se tiene un método cuando se dispone de, o se sigue, cierto ‘camino’, odos, para alcanzar un determinado fin, propuesto de antemano”. P. 2400.
[3] Op. cit. P. 254.
[4] Habría que considerar la posición de Chalmers (1992). La ciencia y cómo se elabora; Siglo veintiuno de España editores, S.A., quien sostiene que: “La concepción general de la ciencia que buscan los filósofos (...) pretendía ser universal y ahistórica. Había de ser universal en el sentido de que pretendía aplicarse a todas las afirmaciones de la ciencia por igual (...) Esa concepción de la ciencia sería ahistórica en el sentido de que se aplicaría a las teorías del pasado igual que a las del presente o a las futuras”. P. 5.
[5] Ferrater Mora (1994) nos habla de métodos más generales y de métodos más especiales, entendiendo por los primeros aquellos a los cuales ya hemos hecho alusión, y por estos, lo que se encuentran determinados por el tipo de objeto a investigar. Cfr. Tomo III. P. 2402.
[6] Para esto, véase: LOSEE, John. A Historical Introduction to the Philosophy of Science. Oxford: Oxford University Press. 1992. Pp. 1-2, en donde el autor nos presenta cuatro breves conceptos de lo que puede entenderse por Filosofía de la Ciencia.
[7] El artículo original lleva por título: Where Science has gone wrong?, publicado en: Nature, No. 329. 1987. Pp. 595-598. Citado en: TAMAYO, (1998). P. 266.
[8] Aunque Tamayo no nos ofrece la referencia exacta de qué libro se trata, posiblemente se refiere a: El método científico. México: CINVESTAV, 1971. Citado en: Ibíd.
BIBLIOGRAFÍA
CHALMERS, Alan. La ciencia y cómo se elabora. Traducción de Eulalia Pérez Sedeño. España: Siglo Veintiuno editores, S.A., 1992.
FERRATER, Mora José. Diccionario de filosofía. 4 tomos. Barcelona: Ariel. 1994.
LOSEE, John. A Historical Introduction to the Philosophy of Science. Oxford: Oxford University Press. 1992.
TAMAYO, Pérez Ruy. ¿Existe el método científico? Historia y realidad. Colección La ciencia para todos. No. 161. Fondo de Cultura Económica. México. 1998.

Silvia Révora

Dolores Padierna

José Luis Sanchís










