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Personajes Históricos
Félix de Azara, el primer precursor de Darwin
17/07/2009 - Mª del Mar Merino

Naturalista y geógrafo que a fines del siglo XVIII recorre las regiones de la Plata y es considerado como uno de los fundadores del estudio de las ciencias naturales. De formación autodidacta, hombre polifacético y singular, estudió la flora y la fauna americanas en profundidad, corrigió las teorías de la época y hoy se le considera como el primer precursor de Darwin.

Nace en 1742 en Barbuñales (Huesca) en el seno de una ilustre familia. Tanto su padre, Alejandro de Azara, Señor de Lizana, como sus hermanos ocuparon puestos de relevancia en la España del siglo XVIII. Recibió sus primeros estudios en la casa paterna para más tarde, ingresar en la Universidad de Huesca, donde comenzó su formación. Esta institución le aportó vastos conocimientos matemáticos y científicos y forjó su espíritu ilustrado que más tarde brillaría con fuerza.

En 1761 ingresó en el ejército, continuando con su sólida preparación científica en la famosa Academia Militar de Barcelona. En 1767 se recibió como Ingeniero Delineador, con el grado de Subteniente de Infantería.

Sus primeros trabajos poco tuvieron que ver con la vida militar: realizó correcciones hidráulicas de varios ríos españoles, reconstruyó fortificaciones... lo que le llevó a desplazarse por toda la geografía española. Profundamente identificado con los principios ilustrados creó, a semejanza de la fundada en Madrid, la Real Sociedad Aragonesa de Amigos del País, junto a otros ilustres aragoneses como el Duque de Híjar, el Conde de Aranda o Ramón de Pignatelli.

En 1775 participó de la guerra entre España y Argelia en su doble condición de ingeniero y militar de armas. En las operaciones de desembarco fue herido de gravedad y dejado por muerto en la playa: “Los cuidados de un amigo y la osadía de un marinero que le sacó la bala con un cuchillo lo volvieron a la vida”. Tardó más de cinco años en curarse de sus heridas.

EL NATURALISTA “ACCIDENTAL”

Recuperado de la herida argelina, en 1781 Azara recibe un encargo que cambiaría su vida: la Corona española le ordena viajar a América como integrante de una comisión hispano-lusa que debería mediar en los problemas a la hora de establecer fronteras en los territorios colonizados por las dos potencias presentes en la zona: España y Portugal. Npodía imaginar nuestro personaje que el cumplimiento de esta misión le llevaría a permanecer más de 20 años en tierras americanas, convirtiéndose en un agudo observador de la flora, fauna y costumbres del Nuevo Mundo y que harían de él, a la postre, uno de los más grandes naturalistas y etnógrafos del siglo XVIII. Azara llegó a Buenos Aires en 1781 encargado de esta alta misión política, pero desde la Metrópoli nunca hubo un verdadero apoyo a la misión y en numerosas ocasiones Azara se encontró solo, sin instrucciones, apoyo logístico ni provisiones. Lejos de decepcionarse, esta situación le llevó a emprender otras actividades que poco tenían que ver con los objetivos originales y que, a la sazón, lo convirtieron en el gran naturalista que llegó a ser. Y es que mientras esperaba la llegada de órdenes, realizó numerosas expediciones por las tierras del Virreinato de la Plata -Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay-. Se costeaba los viajes con su propio dinero, con material escaso, aprendiendo de forma autodidacta a través de la observación directa de esa naturaleza exuberante que le rodeaba y fascinaba.

UNA LARGA ESPERA

En Asunción, capital de Paraguay, Azara se dispuso a esperar noticias de los comisionados portugueses. Para 1790, había comprendido que éstos no llegarían nunca, por lo que el militar decidió ocupar su tiempo en algo provechoso. “Me vi precisado —cuenta el naturalista— a meditar sobre la elección de algún objeto que ocupase mi detención con utilidad (....) Vi que lo que convenía a mi profesión y circunstancias era acopiar elementos para hacer una buena carta (mapa) sin omitir lo que pudiese ilustrar la geografía física, la historia natural de las aves y los cuadrúpedos y finalmente lo que pudiera conducir al perfecto conocimiento del país y sus habitantes”.

Poco a poco el cartógrafo fue convirtiéndose en un agudo observador de la naturaleza. El propio Azara lo expresa así : “Encontrándome en un país inmenso, que me parecía desconocido, ignorando casi siempre lo que pasaba en Europa (...), no podía apenas ocuparme más que de los objetos que me presentaba la Naturaleza. Me encontré, pues, casi forzado a observarla y veía a cada paso seres que fijaban mi atención porque me parecían nuevos”.

Muchos de sus viajes los hacía a escondidas y por pocos días, ya que la orden real que tenía lo obligaba a permanecer en la capital. En esos viajes escondía sus aparatos de medida, con los que observaba el cielo diurno y tomaba la posición de la estrellas. Llevaba un escaso equipaje, más escasa intendencia pero numerosas baratijas y alcohol para atraerse a los indios. Pronto fijará su atención en las plantas, animales y hombres de estas tierras y comienza a anotar cada observación con absoluto detallismo.

En sus dos obras zoológicas, “Apuntamientos para la Historia Natural de los Cuadrúpedos” y “Apuntamientos para la Historia Natural de los Pájaros” quedan patentes el exhaustivo rigor observacional con el que trabajaba y sus especiales métodos de clasificación de especies. Aunque al principio no tenía una preparación adecuada como naturalista e ignoraba incluso la terminología usual de la época, Azara intentaba suplir estos inconvenientes con una minuciosa descripción de los ejemplares que estudiaba. El improvisado naturalista observaba a los animales en su medio natural, los medía, estudiaba sus características, realizaba un dibujo y los clasificaba según unos criterios propios, bastante ingenuos e insuficientes. Por eso quiso conocer la obra de Buffon, máximo naturalista de la época, aunque por entonces él ya tenía más de 300 aves descritas y clasificadas con su propio sistema.

Al recibir la obra del sabio francés, Azaraconstató que Buffon no conocía muchasespecies americanas o que las habíavistodeterioradas por los traslados o la malaconservación. Incluso constató ciertos erroreso inexactitudes que sus propias observacionespodían reparar, ya que el sistema delingeniero era extremadamente riguroso,pues se basaba en laobservación directa yen una meticulosa elaboración. Y éste esprecisamente uno de los grandes aciertosde las investigaciones de Azara, que ponende manifiesto su sagacidad en la recogidade datos y su base científicafundamentalmenteempírica.

Azara describía minuciosamente todo aquelloque se presenta a sus ojos. Su obra etnográfica,como la insuperable “Viajes por la América Meridional”, incluye informaciónvaliosísima sobre la realidad colonial y dedica especial atención a dar noticia de las costumbres, características físicas e historia de las diversas naciones indias. Aún conserva todo su valor etnográfico por haber sentado las bases del conocimiento de las tribus indígenas de la época.

RECONOCIMIENTO

En un principio, la obra de Azara no tuvo la repercusión que se merecía y muchos de sus escritos fueron destruidos por la desidia o ignorancia de quienes los recibían. Algunas de sus colecciones fueron tiradas literalmente a la basura, como sucedió con el envío que le hizo en 1789 a Floridablanca, de 400 pájaros conservados en espíritu de vino.

Remitidos al Gabinete de Historia Natural, el precioso cargamento fue rechazado pues los nombres de los pájaros estaban escritos en lenguas indígenas y porque no se citaba a Buffon como autoridad legitimadora.
 
La aventura americana de Félix de Azara terminó de forma súbita. A fines de 1801 el militar se hallaba en la frontera brasileña cuando recibió la orden de regresar de inmediato a España. Así lo hizo. Una vez en nuestro país y gracias a la influencia de su hermano Nicolás, se publicaron sus obras, primero en París, donde fue presentado a grandes investigadores y más tarde en su propio país. Fue acogido en numerosas sociedades científicas y recibido con honores en el Museo de Historia Natural.

En 1803 le ofrecieron ser Virrey de Méjico, cargo que rechazó, y en 1805 se integró en la Junta de Fortificaciones. Ese mismo año se retiró a su tierra natal, Barbuñales. Allí redactó numerosos informes y mejoró algunas de las obras realizadas durante sus 20 años de vivencias americanas. Y allí murió, el 17 de octubre de 1821, víctima de una pulmonía, este aragonés universal, que ha pasado a la historia inmortalizado por el gran pintor Francisco de Goya.