CRÓNICAS HISTÓRICAS

8 horas: Sangre en la Puerta del Príncipe

Ninguno de los que se han concentrado a las ocho de la mañana ante la puerta del Príncipe del Palacio Real sabía que su acción iba a tener unas consecuencias tan inmensas. "A esa hora tan temprana había ya algunos empleados de las posesiones reales. Lo sé porque ellos mismos me lo dijeron. Tan sólo estábamos en torno a dos carruajes que habían salido de las Caballerizas una hora antes. Muchos decían que en ellos se iba a ir la Familia Real. Y no se equivocaban", ha asegurado a Madridiario, Juan, un portero de la calle del Estudio, muy próxima a Palacio.
Efectivamente a las ocho y media salía la reina de Etruria, María Luisa, con sus hijos, un aya y un mayordomo. Todos ellos se aposentaron en el primero de los coches. Iban acompañados por Gonzalo O' Farril, ministro de la Guerra que les despidió cuando el carruaje inició la marcha. "Aquello no gustó nada porque nos hizo temer que también se llevaban al infante, el pequeño del rey Carlos IV. Entonces Pepe,  creo que se llama José Blas Molina, que es maestro cerrajero, entró en Palacio y salió gritando "Traición, se nos quieren llevar a las personas reales. Mueran los franceses", ha narrado el citado portero.
La noticia ha corrido como la pólvora. Pocos minutos después, ante el palacio ya se habían reunido más de 300 personas. Un gentilhombre ha asegurado a voz en grito que se llevaban al infante por lo que un grupo de unas 70 personas ha llegado a entrar en palacio hasta las habitaciones del infante quien les ha pedido que se retiraran y les ha prometido que saldría al balcón a saludar, como así ha hecho en medio de aplausos. Entre tanto, y mientras llegaba más gente a Palacio un grupo de los que aguardaban en torno al carruaje ha cortado los tirantes del mismo para impedir su uso.
Ante el tumulto organizado, el mariscal Murat, que tiene su residencia en la cercana Casa de los Ministerios, ha enviado a uno de sus edecanes Auguste Lagrange para que le informara de lo que ocurría. Lagrange, según ha confirmado este periódico, ha sido recibido con insultos y amenazas. Ante ello los veinte soldados que le acompañaban han desenvainado sus sables  si bien no ha habido enfrentamientos gracias a que Alejandro Coupigny, jefe de las guardias walonas de servicio en Palacio, ha logrado convencer a los franceses de que se marcharan. Para entonces ya eran varios centenares los congregados; algunas fuentes consultadas por Madridiario hablan incluso de hasta 2.000.
Para entonces los ánimos estaban muy encrespados. Un soldado francés que pasaba por la zona estuvo a punto de ser linchado; un hombre que venía de la cercana iglesia de San Juan aseguraba que allí había un soldado francés muerto. En esas estaba la muchedumbre cuando por la calle Bailén ha asomado un batallón de granaderos de la Guardia Imperial con dos piezas de artillería. Testigos presenciales afirman que no ha habido previo aviso antes de que  los soldados franceses se alinearan y efectuaran una descarga de fusilería que ha sido seguida de una de metralla con los cañones.
La estupefacción ha sido seguida por el miedo y la rabia al ver caer a los primeros españoles.  Mientras los concentrados intentaban auxiliar a los heridos o escapar, las puertas de Palacio eran cerradas inmediatamente y la guardia real era puesta en estado de alerta . No sabían los soldados franceses que con su acción habían encendido una mecha que haría de este 2 de Mayo de 1808 una jornada histórica.

Texto: Pedro Montoliú