En una sociedad donde el continuo progreso tecnológico e industrial da lugar a un consumo de energía que supera con creces las reservas fósiles naturales, uno de los mayores retos a los que debemos enfrentarnos es al impulso de nuevas tecnologías que permitan hacer frente a estas necesidades energéticas y promuevan un desarrollo sostenible. En la actualidad, las fuentes de energía primaria fundamentales son los combustibles fósiles (petróleo, gas natural y carbón) que aportan el 80% de la energía total que consumimos. El resto está repartido entre energía nuclear, hidroeléctrica y otras energías renovables.
Dentro de este panorama tecnológico y energético mundial, la demanda de
combustibles fósiles se ha incrementado de una manera tan desmesurada que está provocando, además, enormes daños medioambientales. Durante los últimos años se ha producido un incremento casi exponencial de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera, fruto de un modelo energético no sostenible basado en combustibles fósiles. Las emisiones antropogénicas de CO2 (incluidos los efectos indirectos de la deforestación) se han estimado en unas 25.7 Gt/año. Este incremento del CO2 atmosférico es uno de los principales responsables del calentamiento global debido al efecto invernadero, ya que las vías naturales de fijación del dióxido de carbono por la plantas (fotosíntesis) o en los océanos (formación de CaCO3) no resultan suficientes para eliminar la gran cantidad de CO2 producida por el uso de combustibles fósiles.
Recientemente la Agencia Internacional de la Energía ha publicado el informe CO2 Emissions from Fuel Combustion en su edición 2011, que servirá de base para la 17ª sesión de la conferencia de los Estados Parte en la Convención del Cambio Climático, que tendrá lugar en Durban, Sudáfrica, en el presente año 2011. Este informe muestra que los países en vías de desarrollo han incrementado sus emisiones de CO2 hasta 2009, mientras que los países desarrollados disminuyeron de manera muy acusada dichas emisiones, alcanzando niveles de 6.4% por debajo de las emisiones colectivas en 1990. Esta disminución de las emisiones ha sido principalmente gracias a la
entrada en vigor del Protocolo de Kyoto puso de manifiesto la necesidad de reducir las emisiones antropogénicas de dióxido de carbono mediante la aplicación de un conjunto de medidas destinadas a cambiar el actual modelo energético.
Además, de acuerdo con el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio
Climático), para estabilizar la concentración de CO2 en la atmósfera a 550 ppm (umbral por encima del cual se agudizan los problemas medioambientales y de salud), es necesario lograr una reducción en las emisiones de CO2 del 50-60 por ciento antes del 2050. Así, la reciente adopción de una Política Energética Europea y su transposición al ámbito español marca ambiciosos objetivos en la reducción de emisiones para el año 2020 (20 por ciento) y recomendaciones para el año 2050 (50 por ciento), y similares porcentajes para la penetración de las energías renovables. Para la consecución de estos objetivos es imprescindible: 1) la mejora de la eficiencia de los sistemas de generación y uso de energía, 2) la utilización de energías renovables y no contaminantes, 3) la investigación y desarrollo en tecnologías eficientes en los procesos de post-tratamiento de CO2 que incluirían secuestro, almacenamiento y sobre todo valorización.
Dentro de estos desafíos, uno de los más importantes es la sustitución paulatina de los actuales combustibles fósiles (carbón, petróleo y gas natural). Como alternativas se baraja, principalmente, la utilización de fuentes de energía renovables (eólica, solar, entre otras). Además, la utilización de combustibles derivados de la biomasa contribuye a una disminución muy notable de las emisiones CO2. Así, con la motivación de conseguir que el 30 por ciento del combustible usado sea derivado de la biomasa, se han desarrollado un gran número de nuevas tecnologías que dan lugar a estos combustibles. Por otra parte, el hidrógeno se postula como un vector energético de gran potencial de aplicación e impacto tanto en el ámbito del transporte, como en el del almacenamiento de energía para aplicaciones estacionarias.
En lo que se refiere a los métodos de captura de CO2 (absorción, adsorción y
procesos de membrana), y a pesar del desarrollo de estas tecnologías, durante
los últimos años, su aplicación no es suficiente para paliar significativamente de una manera sostenible la gran cantidad de las emisiones producidas. Además, su posterior transporte y/o almacenamiento, ya sea en formaciones geológicas, depósitos subterráneos, terrestres o en océanos, presenta ciertos inconvenientes. Aparte de incrementar el coste de producción energética en un 30 por ciento, implica un gasto de energía adicional, con sus correspondientes emisiones de CO2, exigiendo acondicionamiento de los lugares de almacenamiento. Asimismo, existen incógnitas sobre la seguridad definitiva de los mismos.
Por lo tanto, una de las vías en las que se centra la investigación actual en diferentes áreas es la producción de combustibles y productos con alta demanda industrial por medio de la valorización de CO2.En la actualidad cerca de 110 Mt de CO2 son convertidas cada año en productos químicos como: Urea (70 Mt/año), carbonatos inorgánicos y pigmentos (cerca de 30 Mt/año) o se usan como aditivos en la síntesis de metanol (6 Mt/año). Otros productos químicos de valor añadido, obtenidos a partir de la valorización de CO2 son el ácido salicílico (20 kT de CO2 por año) y carbonato de propileno (unos pocos kilotones para año) ocupan una pequeña parte del mercado.
Por otra parte, 18 Mt/año son utilizadas como fluidos tecnológicos, así como en laindustria alimenticia y la agroquímica. Teniendo en cuenta estos datos, solo, cerca del uno por ciento del CO2 emitido, es reutilizado y valorizado en productos de valor añadido. Por lo tanto, el planteamiento de nuevas estrategias en I+D+i que den lugar a una solución al problemas puede ofrecer un horizonte muy prometedor desde el punto de vista económico y medioambiental que puede conducir a una “Economía del CO2”.
El principal obstáculo al que se enfrentan este tipo de investigaciones es la gran estabilidad que posee la molécula de dióxido de carbono, lo que la convierte en una materia prima muy difícil de activar, a diferencia de otros reactivos como el monóxido de carbono. Por lo tanto, se requiere un gran aporte energético. En este sentido, es necesario realizar procesos de valorización de CO2 que basen su aporte energético en fuentes de energía renovables como por ejemplo la energía solar.
Por lo tanto, el desarrollo de una economía basada en el CO2 debería estar centrada en la optimización de los actuales procesos y en nuevas tecnologías de valorización de CO2 que permita su aplicación a nivel industrial como:

























