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A Rubén le tocó la china. Es uno de los escasos afectados por el Síndrome de Williams, una enfermedad rara que afecta a uno de cada 7.500 neonatos. Sufre un retraso mental moderado, tiene problemas cardiacos y le cuesta incluso atarse los zapatos, pero cuando está en la pista de pádel es capaz de poner en aprietos al equipo contrario. Y, con sus casi dos metros de estatura, celebra cada punto como si fuera el definitivo. Su padre, Francisco, desde fuera de la pista le observa y sonríe.
Su constancia en estas dos actividades ha hecho posible añadir a su rutina una tercera. Así, los partidos en el Estudiantes son "de lo más bonito que me ha pasado, junto al torneo navideño de pádel", según sus propias palabras. Además de divertirse, su psicomotricidad ha mejorado tanto que ahora es capaz de colocar la bola exactamente donde quiere, pero también llevar a cabo mejor tareas cotidianas, como su aseo personal.




































