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La azucarera de Aranjuez

La azucarera de Aranjuez

lunes 11 de enero de 2010, 00:00h
Actualizado: 11/01/2010 11:49h
A un kilómetro escaso del caso urbano de Aranjuez, una esbelta chimenea de ladrillo encarnado alerta al visitante de la presencia de esta antigua fábrica de azúcar construida a finales del siglo XIX. A continuación, le invitamos a realizar un pequeño viaje virtual a través el tiempo, asomándonos al pasado de esta vieja fábrica, de su funcionamiento, protagonistas e implicaciones en la historia reciente de nuestra Comunidad.
A finales del siglo XIX, la situación aventajada y próspera de Aranjuez atrajo los intereses del negocio azucarero estableciendo en la localidad dos fábricas que impulsaron el cultivo de remolacha en la Vega del Tajo. La primera factoría, bautizada con el nombre de Nuestra Señora de Lourdes, fue iniciativa de El Conde de Benalúa y tuvo una corta andadura ya que solamente funcionó hasta 1905. La segunda azucarera, instalada en esta misma fecha, acaparó el protagonismo de la actividad local garantizando a los labradores del entorno un mercado seguro sus cosechas de remolacha.

Situada junto a la estación del ferrocarril y en las proximidades del Canal de las Aves en su recorrido por la margen izquierda del Tajo, la fábrica tuvo garantizado el abastecimiento y transporte de materias primas así como el necesario suministro de agua como fuente energética y como recurso elemental para la fabricación industrial del azúcar.

El conjunto de las instalaciones de la Azucarera ocupa una superficie de más de sesenta mil metros cuadrados. En el corazón del recinto se conserva el edificio central o Sala General de Fabricación, sede de los diferentes departamentos productivos: molienda, prensas, laboratorio, calderas, secaderos, horno de cal, etc. Un espacio principal que funcionaba en comunicación directa con dos naves laterales, ubicadas a ambos lados y destinadas como Almacén de Pulpa y Almacén de Azúcar.

En construcciones independientes, todavía se reconocen los espacios ocupados por actividades auxiliares como el taller de reparación, la fragua, las oficinas de cultivos, el almacén de efectos, los vestuarios, las oficinas y las viviendas del Administrador y algunos empleados. Las trazas físicas de cuatro enormes silos rectangulares, dos básculas, un apeadero y una extensa infraestructura de apoyo al transporte ferroviario completan este espacio productivo cuya configuración y uso han ido variando a lo largo del tiempo.

¿Cómo se fabricaba el azúcar?

El azúcar que se consume habitualmente se obtiene a partir de la remolacha, extrayendo la sacarosa de sus raíces mediante un proceso de cocción, depuración y fermentado continuado. Tradicionalmente, este proceso de transformación agroindustrial se concentra a lo largo de los tres meses que dura la Campaña (zafra o molienda), de noviembre a febrero aproximadamente. El resto del año se dedica a los trabajos de reparación, limpieza y mantenimiento de las instalaciones.

En este caso, la remolacha que abastecía la fábrica se cultivaba en las huertas de la Vega, en algunas fincas particulares de Aranjuez (Las Infantas y Castillejo) y en pueblos vecinos como Seseña, Algodor, Villaseca, Mora, Huelves, etc. En su conjunto, se trataba de pequeñas explotaciones agrarias con una consolidada tradición de regadío y de abundante empleo de mano de obra, localizadas en un entorno geográfico semicircular al sur de Aranjuez, a una distancia máxima de ochenta kilómetros de la fábrica.

El ciclo productivo se iniciaba con la recepción de la remolacha que llegaba a la fábrica descoronada y limpia de hojas. Una vez pesada era descargada en unos silos o depósitos rectangulares dotados en su base de un canal hidráulico que la transportaba hasta la sección del lavado. Ya lavada y sin tierra, la remolacha subía por medio de una noria a los molinos de picado o corta-raíces donde era triturada y reducida a tiras alargadas de muy poca sección que formaban una masa esponjosa llamada coseta.

 El trabajo de “la Campaña”

A lo largo de este proceso trabajaban muchos obreros encargados de las diferentes operaciones necesarias. Desde que la remolacha era pesada en la báscula de la fábrica hasta el momento en que el azúcar caía por la tolva de los secaderos a los sacos que la envasaban para la venta. Así que el verdadero motor (humano) que hacía posible la puesta en funcionamiento de la Azucarera era la llegada de centenares de trabajadores temporales que se reunían para trabajar en la cita anual de la molienda. Cada año, eran reclutados obreros especializados que cubrían los puestos de encargados, ayudantes, cocedores y vigilantes de los distintos departamentos de la fábrica.

Al mismo tiempo, los trabajos de mantenimiento técnico eran desempeñados por profesionales y obreros de oficio que agrupaban, entre otros, a torneros, ajustadores, caldereros, forjadores, fundidores, albañiles, maquinistas, carpinteros y pintores. La oferta de empleo se ampliaba a decenas de aprendices y peones, puestos de apoyo de fabricación y del taller de reparaciones que por sus escasos requerimientos de cualificación eran ocupados por jornaleros del campo de los pueblos del entorno.
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