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Los Duques de Osuna, doña Josefa y don Pedro, compraron en 1784 una villa situada en las afueras de Madrid, zona conocida como Alameda de Osuna y que antiguamente estaba rodeada por plantaciones. En ella crearon un parque destinado a los momentos de ocio del matrimonio y de los invitados que recibían con frecuencia.
Uno de los cuadros del genial artista está dedicado a la duquesa, de él se dice que fue pintado con gran amor, ya que aparece especialmente favorecida y la belleza no era precisamente una de sus principales virtudes. Sin embargo, podía alardear de una gran cultura, inteligencia y elegancia, según las historias con las que se acompañan las visitas guiadas por monitores del Ayuntamiento de Madrid a este y otros parques históricos de la capital. Muestra de ello es la biblioteca de la duquesa que contaba con 60.000 volúmenes, todo un adelanto para la época.
Precisamente esa gran cultura y los gustos tan personales de la duquesa han hecho posible que ahora los madrileños cuenten con un parque de ensueño, salpicado de elementos sorprendentes y rastros de la historia, muchas veces destructiva.
Jardines de lujo
Aunque según por dónde se pasee el jardín evoca estéticas diferentes, todas comparten un cierto aire romántico. En muchas ocasiones los diferentes elementos arquitectónicos y la vegetación se alían para conformar lugares que permitiesen preservar la intimidad de los invitados. En otras se trata de estancias de lo más inusuales, como un palacio-abejero, una ruina o un pequeño fuerte.
Estos caprichos convierten el jardín en casi un parque temático creado a partir de las posibilidades que ofrecía XVIII, según apunta con toda razón la monitora de la visita. Para empezar, al entrar en el recinto lo primero que encontramos es una plaza circular donde incluso se celebrarán pequeñas corridas de toros. Después, un paseo por el parque permite descubrir cada uno de los caprichos, esculturas y rincones que hicieron que este parque fuese declarado Jardín Histórico en 1934.
Esculturas que evocan la cultura clásica, como la del dios Baco, al que la duquesa le dedica un delicado templete, y acontecimientos de la época, como la representación de un duelo, van apareciendo a lo largo del camino. Además, los canales y riachuelos ayudan a crear un ambiente plácido, pero estos elementos son secundarios en comparación con las excentricidades de doña Josefa.
Entre los caprichos encontramos un laberinto de laurel, sobre el que se posan las hojas doradas de los árboles en otoño. En la actualidad, nadie puede adentrarse en él, pero en la época de los duques seguro que supuso uno de los mayores divertimentos del parque, junto a la zona de juegos, en la que había un columpio.
Llegó a construir una ermita y contrató a un ermitaño para que permaneciera en ella y mantuviera la vida austera y solitaria propia de los monjes. Y a crear la Casita de la Vieja —sin anciana en este caso— a imitación de una construcción rural que evocaba la vuelta a la naturaleza.
Muchos de elementos que todavía pueden verse en El Capricho fueron restaurados por la Escuela Taller de Alameda de Osuna a partir de 1986, tras haber sufrido los embates de la Guerra Civil y del abandono durante muchos años hasta que fue recuperado por el Ayuntamiento de Madrid en 1974. A principios de la década de los noventa fue inaugurado para el disfrute de los madrileños, que ahora tienen que conformarse con visitarlo los fines de semana y los festivos, respetando el aforo limitado a mil personas. El objetivo es conservar este jardín monumental que deja entrever cómo era la vida de la aristocracia más avanzada durante el ilustrado siglo XVIII.




































