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Escondido tras unos altos muros en la parte baja de la plaza de la Paja, se encuentra el jardín del Príncipe de Anglona, un remanso de paz capaz de transportar al visitante a finales del siglo XVIII, época en la que Chalmandrier diseñó este espacio que serviría de lugar de recreo a los sucesivos propietarios del palacio contiguo y que finalmente recibió el nombre de uno de ellos. Aunque el jardín fue reformado a principios del siglo XX, aún conserva la estructura original que define todo el espacio. Se trata de los caminos de ladrillos aparejados a sardinel que dan lugar a cuatro cuadrantes diferenciados y a una intersección central resuelta con una fuente.
En el jardín de Anglona una verja entreabierta invita a pasar a los viandantes, que muchas veces se acercan por curiosidad para ver qué hay tras los muros. Entonces, dan una vuelta por los caminos del jardín bajo las pérgolas adornadas con rosales, reposan un momento bajo sus frondosos árboles, que le dan un aspecto romántico, o se imaginan una noche de agosto en un antiguo cenador que aún se conserva. Pequeño y delicado, el jardín del Palacio de Anglona reúne elementos característicos del neoclasicismo y de patio andaluz, pero sobre todo destaca su estructura colgante, pues está levantado sobre un terraplén artificial salvando el desnivel de la Calle de Segovia, con la que limita.
Aunque muchas veces sólo la casualidad de pasar por la plaza de la Paja a la altura de la calle del Príncipe de Anglona y la curiosidad de quien pasea sean el origen de las visitas, se trata de un jardín público de titularidad municipal, al igual que el Huerto de las Monjas. No obstante, éste resulta todavía más difícil de descubrir. Al andar por la calle de Sacramento, donde se encuentra junto al número 7, nada indica que aún se conserve el huerto donde cultivaban sus hortalizas y verduras las hermanas Bernardas ya en el siglo XVII.
El convento de esta orden religiosa, después de diversos avatares, fue derribado en 1972 y sustituido por bloques de viviendas que ahora tienen como patio interior un magnífico jardín que aún rezuma el sosiego propio de los espacios religiosos.
Otro espacio verde municipal que permanece casi en secreto pese a su interés, como destaca Carmen Ariza Múñoz en el libro Jardines de Madrid, es la Quinta de los Molinos, que se encuentra situada a la altura del número 527 de la calle de Alcalá.
El origen de este rincón de Madrid, cuyas tres cuartas partes fueron cedidas al Ayuntamiento en 1982, comienza a principios del siglo XX cuando el Conde de Torre Arias donó unos terrenos al arquitecto César Cort, quien fue añadiendo propiedades colindantes hasta sumar unas treinta hectáreas. En ellas instaló su finca de recreo y cultivo, que contaba con un palacete que aún hoy preside una pradera. Ese palacete se convertirá en unos meses en una sala de conciertos, según anunció el Consistorio de la ciudad, con lo que igual pasa a ser un secreto a voces. 




































